Ahora son cincuenta años. La poesía de Manns que me duele a la vez que me limpia, la certeza de un canto que lamentablemente no fue por todos escuchados. El recuerdo de un hombre en especial, que entre miles de hombres, mujeres y algunos niños, tuvo que pagar demasiado caro la osadía de creer que el poder popular era posible sin derramar sangre. El horror y la sangre que devolvería la Historia a su cause normal vendrían después. Hoy, hace cincuenta año comenzó un sueño que no alcanzó a durar tres años. Hay quienes no estarán de acuerdo conmigo y eso es muy sano. La violencia es el argumento de los que se quedan sin argumentos. Argumentos yo tengo muchos, penas también sigo teniendo a montones por cierto sin embargo tengo el orgullo muy mal disimulado de saber que una vez se intentó, de defender mis certezas sin la necesidad de asemejarme en lo más mínimo al que miente y manipula, al que cambia su discurso de acuerdo a lo que conviene o deja de convenir.
U na persona me ha contado más de un vez que le da un poco de pudor contar que es feliz. Compartir lo bien que le van las cosas porque dice que las personas que la rodean... parece que se enojan cuando uno está bien. Me ha dado no poco que pensar esta forma de ver el asunto. Cuando viví los lejanos años de la tristeza, nunca me planteé el influir con mi estado anímico a los otros; parecido me pasa ahora que sé a ciencia cierta que mi paz no contagia a aquellos que quieren vivir en guerra. Entonces pienso, y así se lo he manifestado a esta persona que cree que su felicidad afecta a quienes le rodean, que poco importa lo que se quiera compartir cuando no existe por parte de las personas voluntad de recibir. He sido testigo de cómo la profunda depresión de una persona es incapaz de remover en el más mínimo aspecto la necedad de quienes se obligan a ser felices porque creen que es de buena educación no andar ventilando lo que uno siente. Es decir que socialmente nos hemos a...
Comentarios
Publicar un comentario