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Chico Trujillo

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La escritura (III)

    Y o tenía quince años; venía hace un buen rato escribiendo. Me daba vergüenza ser poeta... tenía un cuaderno y estaba enamorado, pero vaya a saber quién por qué no escribía poemas de amor. Solo me brotaban poemas tristes. Bueno para ser del todo sincero, era un amor no correspondido y me ganaba aún la triste soledad en que me fui volviendo hombre.     El nombre Tristología fue un invento mío para tratar de estudiar mi propia tristeza y me atreví incluso a explorar los motivos de tristeza en otras personas. Me acuerdo que andaba con mis escritos escondidos pues siempre los he encontrado bastante malos, pero estos como otros textos que escribiría después eran instantáneas de mis tiempos y los conservo no con el afán de comercializarlos como arte, sino que más bien para constatar que en todo tiempo y lugar existirán personas que comparten sentimientos.     Recuerdo que diseñé una tapa para este libro de color plomo en donde se podía lee...

La vida es una loca de remate (II)

F ederico Engels era hijo de un muy importante empresario; Carlos Marx, por su filosofía de vida, pasaba y hacía pasar a su familia una que otra pellejería pero pobre no era; ambos pretendían dejar su nombre impreso en los anales de la Historia de Las Ideas como visionarios en el campo de la economía en particular y de la filosofía en general. Redactaron miles de hojas con ideas que serían interpretadas y puestas en práctica de maneras idiotas por otros, que sin ser pobres tampoco, las ampliaron, modificaron y manipularon a su entero gusto. Al igual que en la Revolución Francesa quienes tenían o se daban el tiempo para leer o pensar en estas emancipadoras ideas no eran obreros preocupados por sobrevivir, eran hombres con ambiciones pues ambicioso por obligación debe ser quien alcance aquí, allá o cualquier lugar el poder.     El costo de aquella ambición sí que la pagan los pobres o las clases menos acomodadas para contextualizar el asunto a una Historia de Las Ideas do...

Fábula

  A licia dice que, en la vida, hay solo moscas y abejas. A ella le gustan mucho los adagios que tantos años atrás vienen repitiendo nuestros mayores. Ella misma no es ninguna chiquilla; es una mujer con profundas experiencias en aquello del éxito. Lee mucho y es una reconocida experta en la enseñanza de las matemáticas. Dijo: Sí tú pones una mosca en cualquier lugar... la mosca va a buscar la mierda (en realidad Alicia no quiso usar esa palabra, dejó espacio a que quienes la escuchábamos completáramos la frase por lo que también puede ser que las moscas, las dejen donde las dejen, busquen la basura) en cambio, si ponemos en cualquier lugar a una abeja; la abeja buscara siempre las flores (o un jardín; que vendría a ser lo más cercano a lo que Alicia concibe  como un lugar agradable en donde estar. La cosa con esta fábula es que yo pienso que todo y todos tenemos un propósito en la vida. Alicia es creyente...yo no; por lo que me pregunto: ¿con qué propósito cree Alicia que fue...

La vida es una loca de remate

J usto en la parte de atrás de las casas de la villa a la que habíamos llegado a vivir había un enorme peladero, que antes de ser adecuado para que los hombres de la villa pudiesen jugar fútbol, servía para que cada cierto tiempo se instalaran las carpas de los gitanos y uno que otro circo pobre.     De un circo que se instaló cierta vez trata esto que recuerdo; de su pobre espectáculo, de la gente que conocí allí y del miserable destino de los animales que eran parte del entretenimiento.     A pesar de que las entradas no eran caras, algunos de los niños y niñas no contábamos con las monedas para poder financiarla por lo que nos ofrecimos para ayudar o para llevarles agua desde nuestras casas con la finalidad de conseguir entradas de cortesía que era como le llamaba rimbombantemente el dueño del circo a dejarnos entrar por un acceso reservado a los integrantes del circo (no se imagine para nada una entrada bonita; había que levantar una cortina que dab...

Una historia democrática

  T enía muy claro que la persona por la que votaba muy rara vez ganaba. Entendía demasiado bien que la democracia nunca fue el poder de ningún pueblo y que era más bien el gobierno de los consensos. Aún así fue a votar como siempre. Se levantó temprano, se bañó con agua caliente porque hacía frío y no parecía que fuera día como para descuidarse. Tomó desayuno viendo cómo una vez más los medios de comunicación presentaban una cobertura intencionada de la jornada. No se puede esperar ganar en un país como este; pero igual soñaba. Soñaba como llevándose la contra, intentando aferrarse a aquella última esperanza que sabía que se perdió. Contaba con la tranquilidad de la jornada; no por nada se hablaba tanto de lo desordenado que estaba el país. No por nada la culpa era siempre de los que pensaban distinto. Por eso era, quizás, que hace años que ya no pensaba, únicamente sentía lo que su corazón le decía. Ridículamente, porque sabía muy bien que el corazón no hablaba; que era la conven...

Historia de la fealdad

E n mi equivocada memoria, este libro era más antiguo. Recordé haberlo visto cuando era niño. Pensé, seguro, que no podía ser otra cosa que un adolescente ansioso por hurgar (con cierto morbo, debo reconocerlo) en una compilación de obras de arte que en modo alguno estaba al alcance de mi bolsillo. El libro apareció el año 2007 de la era cristiana; tres años después de otro libro que para mí era posterior porque supe de él después. La Historia de la belleza no me parecía estimulante y al parecer a quienes supieron del libro, cuando yo había cumplido los treinta años. En cambio, una Historia de la fealdad me parecía (y me parece, al momento en que escribo esto) mucho más estimulante. Este año, ya cumplido los cincuenta y uno encontré una copia bastante bien cuidada del libro en el persa en donde recurrentemente encuentro tesoros, que pensaba, había olvidado. El precio me pareció accesible y la emoción me hizo omitir que había sido arrancada una hoja del libro y que en su lugar había un ...