H ay una frase lapidaria que le escuché por primera vez al cantor a lo humano y lo divino Francisco Durán en aquellas tertulias que solíamos tener junto a otros entrañables patanes en un tiempo en que café, vino, cigarrillos y grandes conversaciones eran una misma cosa. Profundizábamos aquella vez en la condición de majadería crónica en la que se sumen aquellas personas que defienden “sus verdades” incluso cuando ya se les han acabado los argumentos. En aquellos años en que yo gozaba de un reconocimiento no menor por parte de músicos, cantores, bailarinas y otros aguerridos artistas que como Panchito Durán no buscábamos más reconocimiento que el poder ser parte de un movimiento artístico tan estimulante como anónimo. Decirnos lo que pensábamos era, además de la más fidedigna muestra de respeto, un derecho empáticamente ganado. Al igual que la mayoría de aquellas increíbles personas que por entonces frecuentábamos, Francisco pensaba que yo era co...