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Mostrando las entradas etiquetadas como a veces me acuerdo de cosas

La escritura (VIII)

Y o había crecido rodeado de vendedores ambulantes, obreros de la construcción e indigentes. La política, la cuestión social y el amor se vive de una manera muy distinta entre ellos. Por aquellos años Las décimas de la Negra Ester de don Roberto Parra habían adquirido una fama inesperada y en el aire de nuevo lo popular era lo que sonaba, se llevaba y hasta salía en televisión. Harto que ver tuvieron los músicos emergentes en aquel tiempo. La sensibilidad de los nuevos tiempos era la sensibilidad de los por tanto tiempo despreciados.     En ese contexto escribí versos que reunían el fraseo de muchas personas a las que había conocido. Personas que no tenían estudios, pero de quienes aprendí que el que sabe es el que se sobrepone a sus limitaciones. Me atreví a juntar sus expresiones, sus consejos y hasta las canciones que ellos cantaban en un sexto cuadernillo que me devolvía a la raíz de lo que siempre he querido ser. Lejos de aquel afán de escribir poesía con mayúscu...

La escritura (VII)

L a historia de este cuadernillo que escribí es extensa y está llena de anécdotas. Intentaré contar las más significativas para no aburrir a los lectores que cuentan con poco tiempo. La idea era escribir un libro a dos voces; es decir, ser coautor de una serie de ideas que se nos iban ocurriendo en el liceo a un entrañable amigo de aquel tiempo, Juan Correa , y a quien escribe ahora estos recuerdos. Teníamos en conjunto varios textos que, si nos apegamos a la definición que de ella dan los entendidos, pertenecían a eso que vanidosamente algunos autores llaman la anti poesía. Contábamos, después de un año de escribir y ordenar papeles con un interesante montón de incoherencias; a nosotros nos gustaban, no por nada las habíamos escrito, pero había que decidir qué textos serían los que dejaríamos para la versión final de la que sería nuestra obra en conjunto. Juan, que por aquel entonces sufría agudas penas de amor y misticismos religiosos que yo nunca llegué a comprender, me dijo que no ...

La escritura (VI)

M uchos, pero muchos años después de escribir mis primeros cuatro libros quise compartirlos con muchas personas que querían tener libros míos. Prosas de barro , Tristología , Los Versos del Guerrillero y Nueva Tristología fueron escritos entre 1989 y 1995 y auto publicados recién en el año 2017. Siempre digo que debiesen ser un solo libro pues son parte de una época en que las alegrías me parecían muy pocas, no obstante, como siempre consideré a Los Versos del Guerrillero un libro por sí mismo, junté los otros tres cuadernillos en un libro que titulé Un otoño demasiado largo .     Escribo esta aclaración en este punto porque de aquí en adelante comencé a tomar bastante en serio mis escritos. Los revisé muchas veces intentando siempre sacar más que agregar haciendo una excepción únicamente cuando pude enriquecer los cuadernillos agregándoles versos o líneas en el caso de que fueran muy cortos en su versión original. La idea es que mis primeros libros tuviesen alrededor...

La escritura (V)

E n 1992 escribía bastante más que Los versos del guerrillero ; tenía varias hojas repletas de más sentimientos frustrados y declaraciones de desamor que poca o nada de cabida encontrarían entre las páginas de mi obra mayor. De andar triste, triste andaba siempre. Tenía la sensación de que no se habían cerrado adecuadamente los versos melancólicos tan propios de la adolescencia y por eso reincidí en mi afán de escribir un libro sobre la tristeza. Como no tenía ninguna intención de modificar Tristología ; tuve que hacer una segunda parte a la que sin mayor devaneo ni derroche de ingenio llamé Nueva Tristología .     Este cuadernillo es bastante más pretencioso que el que le precedió en nombre y me parece un poco más rescatable desde el aspecto personal.  Tiene algunos poemas que me parecen buenos y que daban claras señales de lo que escribiría después. También son muy claras las influencias de algunos libros que leí por entonces pero como todo lo escrito antes o des...

La escritura (IV)

E ste es, sin lugar a dudas, el cuadernillo más pretencioso que yo haya escrito. Para empezar, me tomó cuatro años; lo sentí en su época como mi examen de grado para validarme como poeta. Fue un modo de desahogar tanto sentimiento que me andaba quemando por dentro al darme cuenta de la que por entonces era una muy reciente historia política del país. Decidí desde un comienzo que estaría dedicado principalmente a las personas anónimas que conocí entre los años mil novecientos ochenta y seis y mil novecientos noventa. Lo escribí urgentemente, arrebatado de historias y con la rabia muy a flor de piel.     Lo comencé en mil novecientos noventa y lo terminé solo cuatro años después, consciente de que, si alguna vez había escrito poesía, este sería el libro que la contuviera. Le pedí a algunos buenos amigos que ilustraran algunos poemas y yo ilustré otros cuantos. Me permití expresar sin complejo alguno y poema a poema fui moldeando un estilo basado en mis lecturas de aquello...

La escritura (III)

    Y o tenía quince años; venía hace un buen rato escribiendo. Me daba vergüenza ser poeta... tenía un cuaderno y estaba enamorado, pero vaya a saber quién por qué no escribía poemas de amor. Solo me brotaban poemas tristes. Bueno para ser del todo sincero, era un amor no correspondido y me ganaba aún la triste soledad en que me fui volviendo hombre.     El nombre Tristología fue un invento mío para tratar de estudiar mi propia tristeza y me atreví incluso a explorar los motivos de tristeza en otras personas. Me acuerdo que andaba con mis escritos escondidos pues siempre los he encontrado bastante malos, pero estos como otros textos que escribiría después eran instantáneas de mis tiempos y los conservo no con el afán de comercializarlos como arte, sino que más bien para constatar que en todo tiempo y lugar existirán personas que comparten sentimientos.     Recuerdo que diseñé una tapa para este libro de color plomo en donde se podía lee...

La vida es una loca de remate

    J usto en la parte de atrás de las casas de la villa a la que habíamos llegado a vivir había un enorme peladero que, antes de ser adecuado para que los hombres de la villa pudiesen jugar fútbol, servía para que cada cierto tiempo se instalaran las carpas de los gitanos y uno que otro circo pobre.     De un circo que se instaló cierta vez trata esto que recuerdo; de su pobre espectáculo, de la gente que conocí allí y del miserable destino de los animales que eran parte del entretenimiento.     A pesar de que las entradas no eran caras, algunos de los niños y niñas no contábamos con las monedas para poder financiarla por lo que nos ofrecimos para ayudar o para llevarles agua desde nuestras casas con la finalidad de conseguir entradas de cortesía que era como le llamaba rimbombantemente el dueño del circo a dejarnos entrar por un acceso reservado a los integrantes del circo (no se imagine para nada una entrada bonita; había que levantar una c...

La escritura (II)

D ebo partir por aclarar que los libros que he escrito no están ordenados por fechas debido a que, aunque los he terminado, constantemente los estoy revisando y mejorando. Muy pocas veces me gusta cómo quedan y otras muchas les doy constantes revisiones. Igual que cuando leo, puedo estar absorto en más de un libro a la vez, es por eso que algunos tienen fechas que se cruzan. El objetivo de ordenarlos en estas páginas intenta explicar el orden en que debiesen ser leídos de acuerdo a los años y a lo vivido.     En rigor el primer cuadernillo que escribí se llama Prosas de barro . Le puse ese título porque a pesar de que yo quería escribir no me gustaban los libros de poemas y no consideraba que tuviese calidad para escribir cuentos; resulto entonces que tenía algunos escritos a los catorce años que hablaban en gran manera de lo que había vivido y visto en mi infancia y aunque no eran poemas tenían demasiadas imágenes poéticas y aunque no eran cuentos estaban escritos en p...

La escritura

M e gustaba mucho dibujar así que no deja de ser extraño que, en la clase de arte en el liceo, estuviese poco atento a las instrucciones del profesor. Pero aquella mañana estaba muy poco atento. El profesor lo notó, al acercarse a mi mesa se dio cuenta que en vez de estar dibujando yo estaba escribiendo en una hoja. Una vez que él hubo terminado de dar las explicaciones con respecto al trabajo que debía yo de estar haciendo, me pidió la hoja que había estado escribiendo para poderla de leer. Tras terminar la lectura me miró comprensivamente, me invitó a retomar el dibujo y terminada la clase se mostró muy interesado por lo que había leído. Le conté que quería escribir un libro y que aquello que él había leído era una parte importante de la idea principal. Le pedí disculpas y él, tremendamente comprensivo, me dijo que no había problema. Me pidió que cuando terminara el libro me acordará de guardarle una copia. Días después me regalo una croquera para que yo no tuviese que andar escribie...

La lectura (X)

D ebo confesar que me incomoda mucho cuando alguien en un persa, una feria o en una librería me pregunta si busco algún libro en especial. La mayor parte de las veces lo hacen con un tono y una intención bastante agradable y atento pero, será por traumas de infancia (La lectura V) o debido a que me gusta mucho tomarme todo el tiempo con el que cuento para revisar las repisas y las estanterías que están al alcance de los posibles compradores o porque tengo la suerte de encontrar sin buscarlos maravillosos libros….no me gusta que me pregunten qué es lo que busco cuando miro libros.     Sé que muchas personas van a los lugares donde expenden libros en busca de uno o más títulos puntuales, no obstante quiero creer que todavía habemos muchas personas que miramos los lomos, las portadas o leemos las reseñas como parte fundamental de la experiencia de leer; que muchos cuentan con la buena fortuna de encontrar siempre libros interesantes y a un precio accesible.   ...

El lado de afuera de la puerta

  C uando uno se queda del lado de afuera de la puerta ve las cosas bien distintas a cómo se ven a través del marco de la ventana. Ve la calle que es bien larga y si se atreve a caminarla se da cuenta de que son muy variadas las calles a las que puede llevar una sola calle. Forzosamente uno se encuentra con personas que no conocía. Se encuentra con otras voces que dicen las mismas cosas que dicen otras voces, pero lo dicen de manera distinta. Hay niños chicos del lado de afuera de la puerta, mujeres que se ven más viejas de lo que son y hombres que han aprendido a conjugar de muy mala manera el miedo. Del lado de afuera de la puerta me hice amigo del vino y de los perros. Conocí las luces que hacen menos oscura las noches y aprendí que lo que se considera importante en el día, es también importante durante la noche. Supe que se puede dormir en cartones y que pocas cosas abrigan tanto como dormir rodeado de perros. Quemé al frío desde adentro, con un buen sorbo de pisco y vi bai...

La lectura (IX)

 * La lectura es peligrosa porque no ha de faltar la gente que crea que aquello que dicen los libros puede y debe ser posible.     Porque aún no existe mejor antídoto contra la ignorancia. Quien lee piensa y quien piensa, es natural que actúe; que algo ya no sea igual a como era antes de la lectura.     Aquello que dicen los libros fecunda ideas…si acertadas o equivocadas, es solo el tiempo quien lo puede decir.     Quien puede parir ideas difícilmente puede permanecer callado ante lo que considera injusto. **     Quien lee va muy lejos, aunque en un parque, un patio o en una celda lea. Le es imposible retener eso que hace años llamamos imaginación. Puede soñar o divagar con innegable felicidad. Vivir su vida y a la vez muchas otras vidas sea cierto o mentira la reencarnación. Encontrar las palabras de amor que sabía tenía que decir, pero no las hallaba en ninguna parte. Recobrar la memoria que había perdido o que le habían hecho perder. ...

La lectura (VIII)

H aber descubierto las bibliotecas públicas hace algunos años había sido una verdadera fiesta para mí. Saber que podía leer casi cualquier libro, atreverme ahora a llevarme libros a la casa, incluso por algunas semanas…pasé muchas horas en la biblioteca municipal de la comuna en que crecí. Hice grandes amigos que como ha  sido siempre en mi vida, forman parte de un momento que es más recuerdo que certeza del día a día.     Leí mucho de las obras de Pablo Neruda , Antonio Skármeta , Hermann Hesse y Eduardo Galeano por citar a los autores que más leí en mi periodo de bibliotecas. Formé parte de un taller literario y leí mis primeros escritos a cercanos y desconocidos. Supe qué era una hemeroteca, aprendí que a pesar de lo que había pensado antes, los diarios no tienen fecha de vencimiento y que las revistas guardan las distintas fascinaciones de las personas impresas en colores.     Muchos años después sigo buscando en las bibliotecas; me hago amigo de q...

Los carretoneros

N o deja de ser extraño que el regalo que más recuerdo de cuando era niño sea un carretón. Que ese carretón lo haya hecho para mí un hombre que muy pocas veces tenía trabajo y que, el regalo, haya sido yo quien lo hubiese pedido con la finalidad de que se me hiciera mucho más fácil traer algo que ayudara a parar la olla. Anduve varios años empujando o tironeando ese vehículo que funcionaba con un motor con dos desnutridos pistones. Lo cargaba con bolsas, cartones, diarios viejos o botellas que, por entonces, hacían más fácil conseguir el sustento y cambiar todas aquellas cosas que la gente me daba, por algunas monedas que me otorgaron cierta independencia. Éramos varios los que, de pantalones cortos, manejábamos nuestros vehículos rumbo a las ferias para ayudar a las caseras que nos aguardaban, maternales, para que les ayudáramos con las compras. Los vendedores también nos esperaban con encargos y con baldes que había que llenar con agua para lavar las verduras que estaban sucias. Algu...

La música (V)

*     L eonardo Favio, en materia de romanticismo, era para mí un modelo a seguir, una ventana hacia un patio no encontrado en ninguna parte que se abrió explicándome de alguna forma cómo era que yo quería hablarles a las mujeres cuando me propusiera enamorarlas.      Sonaban sus canciones en la radio y en mi personal estéreo como sonaban las de muchos otros cantantes, pero, ninguna me decía tanto como las canciones que había escrito e interpretado este hombre de voz recia que sin embargo podía decir cosas muy tiernas.     Muchos años después supe que ante todo Leonardo Favio Había sido director de cine (uno de los más importantes de Argentina); que grababa discos y hacía giras de tanto en tanto para poder ganar el dinero que necesitaba para poder filmar las películas con las que soñaba.     Son caprichosos a veces los caminos del arte, o tal vez simplemente extraños, porque muchas más personas lo reconocen y lo recuerdan...

La lectura (VII)

                                                                       *                 E ntre los libros que compraba con el dinero que mi mamá me daba de lo que yo ganaba trabajando en la feria, vendiendo diarios o haciendo algunos trabajos ocasionales para alguna de las vecinas, mis predilectos eran los de la editorial española Bruguera. Eran libros de bolsillo; aventuras en el oeste, casos de detectives o historias de ciencia ficción escritas al por mayor por escritores que usaban distintos seudónimos para abarcar una demanda de lectores por entonces muy excesiva.     Leía aquellos libros con una extraña avidez de hallar aquello que no encontraba en la televisión; no eran libros que se pudiesen después recordar, pero fueron para mí lo que son hoy la...

Hombres (V)

  U n hombre mayor que yo del cual no viene al caso recordar ahora ni su nombre, ni la situación puntual en que intentó “ aconsejarme” me sugirió que, habiendo ya pasado los quince años, era tiempo de que tuviese una polola. Le expliqué que no había encontrado todavía ni el tiempo, ni la mujer con la cual poder conversar, que no me resultaba nada fácil establecer una relación debido al profundo respeto que me producían las mujeres. Recuerdo hasta el día de hoy el rostro descompuesto de aquel hombre mayor al cual le faltaba madurar mucho todavía - él esperaba llevarme a mi primer prostíbulo apenas cumpliera los dieciocho años - sin alcanzar a entender aquellas futilidades de las cuales yo le hablaba. Me dijo bastante molesto que: si de verdad estaba esperando aquello es porque algo no andaba demasiado bien con mi hombría ; que las mujeres a esa edad eran para besarlas y tocarles las pechugas. Creo entender su preocupación; lo que pasa es que por entonces yo era bastante extraño; d...

Mujeres (V)

E ncontré en aquella esquina que no visitaban las compañeras y compañeros exitosos del liceo a Beatriz y a Cristina quienes me ofrecieron por primera vez el enigma de las mujeres que no tienen miedo a ser ellas mismas. Allí estaban, aparentemente sin precisar de nadie, seguras pero solas como solos estábamos Andrés y yo. Les frecuentábamos de vez en cuando…Andrés enamorado y yo enamorado de otras muchachas distintas, muy distintas de las dos pensadoras que sabias, nos oían hablar de penas de amores. Beatriz tenía su propia historia de amor, extraña… pero historia de amor al fin y al cabo (cosa de la cual ninguno de los otros tres podíamos presumir). Yo miraba a veces a quien ella decía amar y palabra que algo no me calzaba. Ella era como nosotros; es decir de aquellos y aquellas que parecen destinados a estar solos, sin embargo, aseguraba que él que claramente había nacido para moverse entre triunfadores en verdad la amaba.     Observaba a esta adolescente que me pa...

La lectura (VI)

  * C uando todavía era niño y caminaba por el centro de Santiago, en aquellos días que parecían eternos, inevitablemente terminaba parado frente a las vidrieras de la más grande cadena de librerías de la capital. Miraba por largo rato los libros en las grandes repisas; hechizado entonces, traspasaba las puertas olvidándome de que no tenía la ropa ni la edad adecuada para entrar en las grandes tiendas. Muy poco tardaba en acercarse un dependiente que, invariablemente mirando con desconfianza mis grises vestimentas, me decía en voz baja (como para no interrumpir a los distinguidos clientes) que saliera de inmediato.     Volvía otros días, anhelando no encontrar al mismo dependiente, sin embargo, cada vez que entraba se repetía la historia. Me pedían que saliera no importando quien fuera el dependiente de turno. Es verdad, no tenía por entonces dinero para comprar los libros, pero no recuerdo que me expulsaran de otras librerías. Por eso fue que prometí que cuando fu...

La lectura (V)

P ienso que entre los 10 y los 13 años fui un pésimo ejemplo de niño en la escuela. No jugaba en los recreos por desconocimiento y desinterés en los juegos que interesaban a mis compañeros e incluso a veces me hacía expulsar de la sala premeditadamente para poder ir a la inspectoría con la finalidad de estar cerca de los libros que usaban los estudiantes de los cursos más grandes.     El inspector era un señor muy bonachón; el abuelito perfecto según yo, sabía muy bien que me aburría lo extremadamente conservadores y conservadoras que eran mis profesores y mis profesoras. Que los contenidos que me correspondía estudiar por edad en castellano, historia y ciencias naturales yo ya los conocía por lecturas anteriores. Él era mi cómplice, el responsable directo de que yo, tanto en los recreos como en aquellas clases donde no me podía aguantar por tanto tiempo en la sala, anhelase estar en su oficina leyendo los libros que él guardaba en un gran estante.     ...