Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como cuento corto

Una historia democrática

  T enía muy claro que la persona por la que votaba muy rara vez ganaba. Entendía demasiado bien que la democracia nunca fue el poder de ningún pueblo y que era más bien el gobierno de los consensos. Aún así fue a votar como siempre. Se levantó temprano, se bañó con agua caliente porque hacía frío y no parecía que fuera día como para descuidarse. Tomó desayuno viendo cómo una vez más los medios de comunicación presentaban una cobertura intencionada de la jornada. No se puede esperar ganar en un país como este; pero igual soñaba. Soñaba como llevándose la contra, intentando aferrarse a aquella última esperanza que sabía que se perdió. Contaba con la tranquilidad de la jornada; no por nada se hablaba tanto de lo desordenado que estaba el país. No por nada la culpa era siempre de los que pensaban distinto. Por eso era, quizás, que hace años que ya no pensaba, únicamente sentía lo que su corazón le decía. Ridículamente, porque sabía muy bien que el corazón no hablaba; que era la conven...

El lector electrónico (III)

T erminó de leer al fin Ulises . Se puso de lado de quienes consideraban En busca del tiempo perdido como mejor libro. Efectivamente leyó una análisis que le permitiera entender el por qué es una obra en tan alta estima para quienes entienden de literatura. Entendió mejor, pero no hubo caso que el libro le gustara. Quizás en unos años más. Hay quienes dicen que Finnegans Wake (también de James Joyce) es mucho mejor obra. Tenía lista una versión digital, para leerla alguna vez en aquel lector electrónico que tantos bellos momentos le había estado brindando. Leer La República de Platón si que no resistía queja alguna. Nunca se había considerado apto para entender los cásicos de la filosofía pero, qué se le iba a hacer; entendía y había aprendido como marcar partes del libro que le parecían destacables; como cuando subrayaba, con un lápiz de grafito, los pasajes de los libros en los que estudiaba el devenir de las ideas que puede que hubiese olvidado de no haberlas destacado. Nunca le ...

El lector de libros electrónicos (II)

A hora que podía tener muchos libros en un solo dispositivo. Ahora que podía tener incluso un libro de más de mil páginas y no sentir más peso que el de un moderno dispositivo en la palma de su mano, se propuso ponerse al día con los libros que la mayoría decía que eran las cumbres de la literatura. Mucho tiempo que quería asomarse a ese enigma que era "En busca del tiempo perdido" ; había cotizado una bella edición que reunía, en una caja, los siete tomos pero no se había decidido a gastar esa cantidad de dinero para sí. Lo postergo hasta que, embriagado de alegría, supo que podía descargarlo y ponerlo en el lector electrónico que hace poco había tenido la suerte de comprar, en un muy conveniente precio, a una señora en el persa que visitaba al menos una vez al mes. Tres años demoró en terminar de leer los siete libros. "Por el camino de Swann" , "A la sombra de las muchachas en flor" y "El tiempo recobrado" fueron sus favoritos. Se fastidió, ...

El lector de libros electrónicos

D esde siempre le gustó leer. Cada vez que se compraba un libro sentía que había adquirido un bien invalorable. No tenía dónde dejar los libros que compraba, así que los amontonaba cerca de dónde dormía. Nunca fue de la idea de acumular bien alguno, por lo que intentaba conservar, únicamente, los libros que todavía no había leído. Leía mucho; hasta cinco libros en un rango acotado de tiempo. El que le parecía más interesante lo terminaba primero; los menos interesantes iban quedando para el último. Los leía todos porque todos los libros son interesantes; unos más que otros, pero todos merecen ser leídos.  Iba de un lugar a otro caminando o en transporte colectivo; si es que el destino al que se dirigía se encontraba distante. No podía ir de aquí para allá llevando, en su pequeño bolso, todos los libros que estaba leyendo. Intentaba guardar en su bolso sólo lo necesario. Uno o hasta dos libros pueden ser necesarios y se debe dejar espacio, en ese bolso que portará solo lo esencial, ...

Una bufanda

  H ay una bufanda que me abriga el silencio de las mañanas. Me cubro tras de ella cuando creo disimular mis ojos bajo la sombra de una boina griega. Mi voz, el brillo en los ojos no son temprano por la mañana. Es, la mayor parte de las veces, el silencio. Pretendo pasar inadvertido entre la marea humana que, en la madrugada, no es aun una alta marea. Hay veces que la voz que suena, desinteresada de todos y todas, dice que hay un leve retraso en el servicio del tren subterráneo. Los gestos de quienes esperan son de todo, menos desinteresados. Mis gestos no dicen nada amparados tras de una bufanda. Una bufanda que no fue pensada con otro fin que publicitar a cierto Banco en el cual, hace muchos años, trabajaba alguien que yo conozco. Una bufanda de polar; siempre calientita y discreta cuando se trata de guardar los gestos de un hombre al cual le cuesta mucho no ser torpe con lo que su boca, o sus ojos, manifiestan. Me siento a salvo; cinco días a la semana y cuatro semanas laborales...

Nada personal (IV)

  D os que en muy poco se parecen pueden permanecer juntos si en verdad, además de quererse, se respetan. Si son conscientes de que para escribir su propia historia deben evitar el egoísmo.     El amor suele resultar cuando piensas en los motivos del otro, cuando pones el centro de la relación fuera de ti. Nunca existió aquello de vivieron felices por siempre y el tono que prevalece es el de los grises. Definitivamente no nos resulta fácil ver aquello con lo que contamos y es una distracción demasiado al alcance de la mano eso de frustrarnos por no recibir lo que esperamos.     Los hijos suelen ser una proyección que ayuda mucho, tanto que algunos solían cometer el error de obligarse a permanecer juntos viéndoles a ellos como justificación o excusa.     Cuando dos permanecen juntos por tantos años es para complementarse, para entender que la rutina siempre termina por ser oxido en las articulaciones que nos otorgan flexibilidad, qu...

Nada personal (II) y (III)

                                       II   A quella sonrisa – la de ella – me ha acompañado desde entonces. Extraño, además de muy tierno le pareció que yo me hubiese quedado paralizado cuando ella me quiso dar un beso. Claro está, las excusas no se hicieron esperar. Me vi obligado a confesar que lo del beso me había encontrado desprevenido siendo aquella la primera vez que salíamos juntos, ella paciente se manifestó dispuesta a esperar. -         ¿Qué clase de depredador no conoce la mecánica de los besos apasionados? Me preguntaba yo para mis adentros.     No era ni soy más que un quiltro, un perrito abandonado en su puerta y ella es la veleidosa felina que, escondida detrás de otras muchas puertas, egoístamente se deja querer.     Esta fábula de amor se fue escribiendo así misma a lo largo de tres años, treint...

Nada personal

U n transitar desde lo que fue hacia lo que podía ser fue cruzar aquella puerta. El despertar de un instinto animal que no sabía que estaba dormido… - - ¿A quién busca? preguntó ella. -  A la administradora – respondí yo   - ¡Ah, la señora M…! dijo a la vez que daba la vuelta para ir a buscarla. Ella, que era la mujer más hermosa que yo hubiese visto en persona, caminó por el pasillo…tenue, gentil cual felina sobre una sinfonía que había sido escrita para su cabello amarrado y el baile de sus caderas. Por un momento, quise ser alguna especie de depredador para detenerla con garras fuertes pero delicadas; morderla con dientes que sin dañarle le redujeran… tonteras que duran apenas un segundo, pues a través de otra puerta que se abría en el pasillo, surgió la señora que era por quien yo había preguntado. Angustiado, sediento de besos que jamás me habían dado esperé hasta la tarde para preguntarle a una compañera de trabajo quién era ella; aque...

Anteojos

  P asados, bien pasados los cuarenta años se me han hecho más que asiduos dos pares de anteojos. El primer par viene de un control rutinario en el trabajo, con facilidades de pago por cierto, que curiosamente determinó que todos y todas, muy independiente de nuestra edad, debíamos usar algún tipo de anteojo. A mí había que corregirme no sé que error en el ojo izquierdo y darle reposo a mi vista en el momento de mirar cualquier tipo de pantalla. Parecíamos niños y niñas con juguetes nuevos el día que llegaron los anteojos. Una constante fue decir que ahora podíamos ver el mundo en HD y poco a poco, el asunto dejó de tener importancia. Entonces no usaba demasiado los anteojos recetados. Muy a pesar de mi error de enfoque en el ojo izquierdo y prescindiendo del repentino lujo de poder ver el mundo en alta definición, yo podía mirar el mundo con cierta respetable claridad. Varios años después fue que me di cuenta de que una necesidad tan cotidiana como leer se veía trastocada por no p...

Había una vez una librería

  H ace algunos años yo vivía en un pequeño pueblo a las salidas de la ciudad capital. Un pequeño pueblo que aunque pequeño es bello y acogedor como suelen ser aquellos pueblos que estando tan cerca de las ciudades no terminar nunca de encontrar su propia identidad. Tenía y tiene, como es natural, una Plaza de Armas, un supermercado, una avenida principal donde poco a poco las pequeñas zapaterias, verdulerias y paqueterias han ido cediendo su espacio a las pretenciosas galerías donde no podrían faltar las grandes tiendas que hasta no mucho, únicamente estaban en la capital. Pero esa parte de la historia no me interesa contarla; quiero contar la historia de la vez en que hubo una librería. Sí; una librería con todo y libros muy bellos a la cual muy pocos alcanzaron a ir. Se llamaba Entrelibros y estaba en la avenida Balmaceda, que no es por cierto la principal avenida sin embargo es una de las avenidas más importantes de la zona centro de aquel pueblo. Iba yo a gastar una important...

Las huellas olvidadas

H ace muchos, muchos años, cuando aun era un adolescente que adolecía de tantas cosas más no de empatía por los otros, hallé un libro de poemas de amor de Miguel Hernández en un persa de cierta feria que por razones laborales frecuentaba mucho en aquellos años. Conocía bastante bien la poesía política de aquel verdadero baluarte de la poesía en español, estaba enamorado y tenía una más que natural inclinación a leer poemas de amor y no pude esperar llegar a la casa para leer estos de los que muy poco conocía. Me tiré sobre el pasto de una plaza que estaba y está todavía intermedia entre la feria y la casa materna, y no paré de leer hasta que hube terminado el libro completo. Los poemas bellísimos (no esperaba menos de Miguel Hernández) sin embargo, lo que más me sorprendió fue que el libro le había pertenecido anteriormente a una mujer a la cual un hombre que mucho le amaba le había regalado. el libro estaba repleto de mensajes de amor más allá de la dedicatoria escrita por el muy en...

A veces ocurre

A veces ocurre que das vuelta en una esquina y te encuentras de frente con alguien que está tan loquito como tú. Entonces sientes el deseo de sentarte a conversar en la acera, sin que te importen los ejércitos de funcionarios que corren sin saber por qué rumbo a sus deberes. Entonces te das tiempo para hablar, para respirar y abres tu corazón a pequeños secretos que creías olvidados. Entre los árboles, vuelves a ver de nuevo hojas verdes, y comprendes que a pesar de todo y de todos, aun existen árboles y te alegras tanto que nadie entendería por qué te pones a reír con tantas ganas.  Miras el cielo y recuerdas que no siempre amanece nublado y ya sabes que no importa en que mundo vivas si después de cerrar los ojos y mirarte para adentro descubres que tienes guardado lo mejor de todos tus tiempos.  Entonces te puedes levantar, puedes darle un gran abrazo a tu loquito inesperado y seguir caminando. Ahora con la certeza de que poco importa el aire contaminado, ni los rostro...

Mercado Persa

E s muy curioso que la manera de llamar a estos lugares tenga su origen en una de las primeras civilizaciones. Que lo que cuando yo era un niño fuera un postrero intento para parar la olla o un paseo de domingo para ver si algo bueno se encontraba, sea hoy una manifestación cosmopolita de el innegable derecho que hoy tenemos a comprar. No venía antes por estos lares la gente linda y ahora son cada vez más ellos y menos nosotros. Las picadas poco a poco han ido cediendo su espacio a locales que ofrecen aromas y sabores traídos de tantas partes. Los puestitos que antaño nos esperaban con sus herramientas, piezas de diversos tesoros extraviados, libros, discos y objetos varios tendidos en el suelo, hoy se refugian en grandes y sanitizados galpones. La pobreza, el talento de ciertos artistas callejeros y las fuerzas de la ley son hoy tan parte del paisaje como siempre lo fueron las antigüedades y la variedad de colores. Como lo es ahora la variedad de razas, los idiomas que se con...

Un paño

H ay veces en que un simple paño puede contar mucho sobre un cariño que fue pero que jamás se fue. De aquella breve historia no quedaron cartas, mucho menos fotos (bueno, sí, hay una pero como ellos termino por pasar inadvertida) que evidenciaran lo mucho que se quisieron ni los lugares que frecuentaron. Únicamente estaba el paño; un trozo de un grueso género de color verde con un sobrio diseño bordado en el centro. Él lo usa como individual en la media hora de almuerzo que le conceden en el trabajo donde se conocieron; lo empezó a usar a penas ella se lo regaló y aunque sobre aquel paño tuvieron muy pocos almuerzos juntos, no lo ha dejado de usar jamás...en realidad si lo ha dejado de usar algunas veces; lo ha conservado manchado y doblado en su bolso de la colación durante incluso semanas, aparentemente olvidado como el recuerdo de ella esperando encontrarse con algún momento en que nostálgico de los momentos que vivieron juntos pueda entregarle al paño los cuidados que solía rese...

Un living permanente

L a verdad es que el cambio no le había venido nada bien. La remodelación de su departamento era un tramite ineludible por lo que tarde o temprano tenía que hacerse. Lo que le angustiaba era no haber podido conciliarse con los espacios de los que disponía. El casero había tenido la mejor de las disposiciones, incluso le había procurado uno de sus mejores departamentos porque él era cliente antiguo; sin embargo la comodidad de estos espacios no era la historia de sus rincones. Desde que había llegado no hacía más que permanecer en el living, la pieza para dormir ni siquiera la había visitado, evitaba usar la cocina, prefería comer en cualquiera de los restaurantes que abundaban en la manzana; dormir, casi no dormía...miraba la tele que le decía nada, leía los mismos libros y escuchaba la misma música sin poder lograr aquellos sentimientos y emociones que en su departamento le abordaban. Se había estado acordando de su padre que lo había exiliado de la casa familiar sin dar tiempo...

Los que realmente mandan

A lgo que no comprendo del todo es el por qué perder el tiempo debatiendo acerca de cuál es el partido político que mejor representa a las mayorías si cada vez es más evidente que no son precisamente los políticos los que mandan. Perdonen todos aquellos que todavía piensan que porque les permiten hacer una raya en un papelito cambian el destino de sus propios pueblos chicos; pero no elegimos nada, la democracia es solo un placebo; la estabilidad y el orden son lo que se busca y cuando el juego está validado, aunque sea por una minoría, entran con todo los que realmente mandan. Los que realmente mandan son los que traen el dinero que hace que los monitos bailen; no importa el color de sus banderas ni la lírica de sus ideas siempre y cuando permitan que su dinero les permita quedarse con nuestros bienes, con nuestros recursos y con nuestro futuro. Está más que probado que la cosa funciona de lo más bien así; es decir, los que tienen bienes materiales inevitablemente se volverán al...

Cerro del sufrimiento

N o es que sintieran nostalgia de algo que alguna vez hubiese sido hermoso; el cerro que ellos recordaban era oscuro, en el mejor de los casos rojo; no recordaban tan bello verde, los muros...la mayoría estaban desde que ellos recordaban. Los recovecos que prudentemente habían sido disimulados guardaban sus historias que eran muy distintas de las que las placas decían.  Un paseo era ahora el cerro; largos caminos adornados que guiaban a los fascinados caminantes por recuerdos convenientemente re interpretados.  Desde atrás de los troncos de los árboles, de las piedras que no aún no habían sido movidas, ellos observaban aquel panorama que no recordaban o que tal vez nunca habían conocido. Enormes casas de cemento, carruajes sin animales y gentes que como hormigas pululaban en todas direcciones. Las voces, la música que estridente salia de aquellas grandes cajas negras no les permitían el descanso. Esas voces, las letras de las canciones hablaban de ellos, pero ellos no...

El país de las oportunidades

E n los años ochenta la gente de mi pueblo chico solía decir que en el norte se encontraba el país de las oportunidades. Los países del centro y del sur o sufríamos de dictaduras o adolecíamos de subdesarrollo; parecía que el remedio solo se podía conseguir en aquel norte tan idealizado. La economía de libre mercado terminó dándole la razón a todos aquellos que postulaban que era una tremenda irresponsabilidad entregarle el manejo de los pueblos a aquellos que decían discursos bonitos y al fin padecían de las mismas codicias de los que aseguraban combatir. Aquellos fueron años muy convulsionados y aquellos que lograron llegar hasta el norte tuvieron que partir desde bien abajo; los ciudadanos de aquel norte tan anhelado no estaban dispuestos a realizar ciertos trabajos que por bajos salarios los recién llegados realizaron sin asco. Los años lo curan todo y aquellos que aguantaron y con el tiempo se disimularon y renegaron de sus raíces triunfaron dando fe de que era verdad que al nort...

La visita del que no cree

H ace algunos días visitó nuestro pueblo pequeño la más alta autoridad eclesiástica que nos podía visitar. Fue a la cárcel de mujeres donde vio niños y niñas que estaban presos, se reunió disimuladamente con los poderosos, recorrió templos y caminos; habló mucho y dijo poco; pero sobre todo, volvió a defender lo indefendible. Él que pide que creamos no cree en las personas; él que encabeza la fe de aquellos que durante siglos han creído sin ver, exige pruebas para creer en una verdad que sin necesidad de pruebas para todos es evidente. Pide que los jóvenes se conecten en un pueblo donde las peores cosas se escriben amparados en el anonimato de las redes sociales. Vino y se fue; su visita para pocos fue lo que se esperaba; muchos le vieron a disgusto por la televisión que aunque laica, obligo a justos y a pecadores a ver en todo momento aquello que hacía y omitía tan santo hombre. Los viudos de lo banal se apresuraron a escribir a los diarios exigiendo la inmediata reposición de la...

La memoria en colores

N o sé porque me acuerdo de aquel hombre con muletas que vendía boletos de la lotería en la Plaza de Armas, gritándonos al paso y como si no vistiese harapos que los boletos que tenía eran los de la buena suerte. Del viejito pascuero que en víspera de navidad pedía monedas en Mapocho diciendo que era para regalarse un vinito. Me acuerdo de los carabineros golpeando sin motivo alguno a las personas que alteraban las ventas de no una, sino de muchas avenidas con su inconformismo. Me acuerdo de los que en Peñalolén tuvieron frío cuando era invierno y de los que en tantas poblaciones tenían y tienen que cargar con el estigma de ser personas de última clase. De los que ahorraron muchos años y recibieron casas mal construidas y de los que marchaban por educación de calidad y eran incapaces en el trasporte público de dar el asiento a las personas de mayor edad.  De todas esas cosas y muchas otras me acuerdo ahora que es verano. Ahora que la gente habla de dietas, de los espectáculo...