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La Lectura (I y II)

Hay un sueño que me acompañó durante gran parte de mi infancia; lo soñaba dormido y también lo soñaba despierto. Soñaba que en el entretecho de la casa en que viví de niño habían muchos libros apilados. Torres con cientos de libros que alguien de seguro había olvidado. Aquellos libros aguardaban esperando ser leídos. En un principio me embriagaba la alegría durante el sueño pero al despertar, solo sentía amargura y desilusión. Con el paso de los años me habitué a disfrutar aquel tesoro descubierto; sencillamente me sentaba a leer. Hojeaba tomo tras tomo, me devoraba las hojas hasta quedar satisfecho, bebía el suave sabor de la poesía y entonces despertaba tranquilo, casi resignado. Sabía que no encontraría aquellos libros ni en el entretecho ni en ninguna parte de la casa y no alcanzaba ni para ilusionarse, porque en mi casa de infancia nadie leía.

En aquella casa no habían libros, los libros habitaban en mis sueños.


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Leer es algo que me apasiona; vengo leyendo desde hace muchos años. Apenas aprendí a leer en la escuela, se volvió un hábito constante el llevar libros conmigo a todas partes. La lectura me regaló vidas, la lectura me mantiene despierto; abre para mí ventanas nuevas y renueva los viejos sueños.

    Leo a veces para ser redescubierto por las palabras y sus significados; me cuelgo al cuello las oraciones y llevo las estrofas en los bolsillos de contrabando; desayuno la prosa y bebo la miel y el café amargo de ciertos versos.

   La lectura ha sido siempre para mí una necesidad de primer orden y fue una compañera inclaudicable en mis años de soledad. La lectura clandestina hizo de mí un bandido cómplice de la subversión de incontables autores y ni el rigor de los intencionados olvidos, ni la insípida musiquilla de los tiempos nuevos con sus nuevas instancias de comunicación me priva de la emoción de descubrir de tanto en tanto un compañero o una compañera nueva.

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