Ir al contenido principal

Las Cuatro Estaciones; Antonio Vivaldi


H
ace muchos años, cuando fue la primera vez la música se quedó dando vueltas dentro de nosotros. Éramos un grupo de zarrapastroso, llevados a un teatro de gente fina para que escucháramos música fina. Los instrumentos, a la mayoría, nos levantaron de los asientos...era como si quisiéramos atrapar las notas; puede ser que alguien entendido nos viese aquella noche y comentase, por lo bajo, acerca de lo básicas que eran nuestras reacciones... y es que nunca antes habíamos visitado un lugar así. No es que no supiéramos que esta música existía...de saber, sabíamos; pero nunca habíamos dejado de trabajar para vivir un concierto completo.

La orquesta tocaba Las Cuatro Estaciones de Antonio Vivaldi; el lugar, un teatro del barrio alto donde nunca habíamos estado ni volvimos a estar jamás. Los magistrales músicos se quedaron con sus instrumentos y nosotros nos llevamos escondidas, entre nuestras ropas, pedacitos de las notas que esa tarde noche nos cautivaron. Cuando salimos del teatro fijo que ya no éramos los mismos. La música nos había hecho de nuevo y aunque antes teníamos arcaicas formas fue después de aquella velada que quedamos algo más terminados.

Las partes que nos faltan las buscamos en otras lugares; guardamos silencio pues es común encontrarlas desperdigadas por las distintas vidas que hemos transitado. Ahora que no somos sordos, a estas cosas que la gente con mucha educación recibe desde que son niños, robamos notas de lugares que usted puede que ni siquiera haya imaginado. No es que seamos nostálgicos ni cosa parecida; ocurre que la primera vez, en cosas como estas, se vuelve un tanto difícil de olvidar.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Felicidad o tristeza

U na persona me ha contado más de un vez que le da un poco de pudor contar que es feliz. Compartir lo bien que le van las cosas porque dice que las personas que la rodean... parece que se enojan cuando uno está bien.   Me ha dado no poco que pensar esta forma de ver el asunto. Cuando viví los lejanos años de la tristeza, nunca me planteé el influir con mi estado anímico a los otros; parecido me pasa ahora que sé a ciencia cierta que mi paz no contagia a aquellos que quieren vivir en guerra. Entonces pienso, y así se lo he manifestado a esta persona que cree que su felicidad afecta a quienes le rodean, que poco importa lo que se quiera compartir cuando no existe por parte de las personas voluntad de recibir. He sido testigo de cómo la profunda depresión de una persona es incapaz de remover en el más mínimo aspecto la necedad de quienes se obligan a ser felices porque creen que es de buena educación no andar ventilando lo que uno siente. Es decir que socialmente nos hemos a...

Una historia democrática

  T enía muy claro que la persona por la que votaba muy rara vez ganaba. Entendía demasiado bien que la democracia nunca fue el poder de ningún pueblo y que era más bien el gobierno de los consensos. Aún así fue a votar como siempre. Se levantó temprano, se bañó con agua caliente porque hacía frío y no parecía que fuera día como para descuidarse. Tomó desayuno viendo cómo una vez más los medios de comunicación presentaban una cobertura intencionada de la jornada. No se puede esperar ganar en un país como este; pero igual soñaba. Soñaba como llevándose la contra, intentando aferrarse a aquella última esperanza que sabía que se perdió. Contaba con la tranquilidad de la jornada; no por nada se hablaba tanto de lo desordenado que estaba el país. No por nada la culpa era siempre de los que pensaban distinto. Por eso era, quizás, que hace años que ya no pensaba, únicamente sentía lo que su corazón le decía. Ridículamente, porque sabía muy bien que el corazón no hablaba; que era la conven...

La vida es una loca de remate

    J usto en la parte de atrás de las casas de la villa a la que habíamos llegado a vivir había un enorme peladero que, antes de ser adecuado para que los hombres de la villa pudiesen jugar fútbol, servía para que cada cierto tiempo se instalaran las carpas de los gitanos y uno que otro circo pobre.     De un circo que se instaló cierta vez trata esto que recuerdo; de su pobre espectáculo, de la gente que conocí allí y del miserable destino de los animales que eran parte del entretenimiento.     A pesar de que las entradas no eran caras, algunos de los niños y niñas no contábamos con las monedas para poder financiarla por lo que nos ofrecimos para ayudar o para llevarles agua desde nuestras casas con la finalidad de conseguir entradas de cortesía que era como le llamaba rimbombantemente el dueño del circo a dejarnos entrar por un acceso reservado a los integrantes del circo (no se imagine para nada una entrada bonita; había que levantar una c...