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Al césar lo que es del césar

Primero fueron los culpables de siempre los que amarraron las maquinas surtidoras del dinero y las arrancaron de cuajo; no resultaba de todos modos ser un gran negocio así que volvieron a lo que daba más dinero...los asaltos. Pero el miedo a perder el dinero ya estaba anidado; en aquellos que creen que lo tienen y sobre todo en aquellos que siempre lo han tenido. Seguramente se reunieron a comer una noche cualquiera y decidieron aprovechar la situación. Los que creen que tienen el dinero de una u otra forma siempre se lo entregaban a ellos; desde hace cientos de años eran ellos los que los guardaban en gigantes bóvedas. Tan solo les bastaba entregarles cartones o plásticos a las hordas de crédulos para que  pensaran que el dinero que ganaban a cambio de las aniquilantes horas de trabajo les pertenecía.

Segundo fue darse cuenta que bastaba con no poner dinero en las maquinas surtidoras, colocar carteles pidiendo disculpas quizás, esperar que la masa culpara a los antisociales (algo que siempre resulta) y dejar que se resignaran a usar las tarjetas que tan gentilmente ellos les regalaban por una insignificante comisión. El sueño de toda una vida al fin podría ser una realidad. Al igual que al comienzo de los tiempos el metal no estaría en manos de los que no lo merecen; lo tendrían ellos y seguirían haciendo ir y venir los bienes materiales, la ilusión de que el progreso les pertenecía a todos y la masa como siempre susurraría su descontento pero a parte de eso...bien poco es lo que haría.

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