Ir al contenido principal

Bonnie y Clyde (1967)

Una de las notables películas que cumplen cincuenta años este 2017 es este drama de acción pura  la protagonizada por Warent Beatty y Faye Dunaway y magistralmente dirigida por Artur Penn. Muy polémica en su momento; es muy entretenida en estos tiempos. Se adelantó a muchos de los elementos cinematográficos que a tantos nos gustan y aunque clasifica como una película de gansters; en muchos aspectos es mucho más que eso.

Esta la historia de una pareja norteamericana que asalta bancos en los años que van entre la primera y la segunda guerra mundial y de la gran depresión en la economía norteamericana forma parte de la historia grande del cine porque a pesar de su tema tan norteamericano, está filmada como si fuera una película europea. Es elegante en muchos aspectos y hace de lo violento un placer estético. Hacia fines de los sesenta era un verdadero atrevimiento contar una historia como ésta recurriendo a imágenes tan explicitas. A lo violento se suma la interesante carga erótica que brota de la pareja protagonista, un sentido del humor más bien negro y escenas que dividieron a algunos críticos que claramente tuvieron que replantearse sus opiniones después de ver el aplastante éxito de publico que  obtuvo la película; pero sobre todo por las diez nominaciones que recibió a ciertos premios que no siempre son garantía de calidad (aunque en este caso recibió dos premios de la academia).

Una obra reverenciada por futuros directores (es muy posible que muchos clásicos de la década del setenta no hubiesen sido iguales de no haber existido antes esta película) es una cita obligada para los amantes del cine de acción. Cuenta con actuaciones memorables (Gene Hackman y Gene Wilder, también están entre los actores y Estela Parsons ganó uno de los Oscar como mejor actriz de reparto) un montaje dinámico y fascinante. En resumen; Una película que sigue siendo tan notable como lo era hace cincuenta años.





Comentarios

Entradas populares de este blog

Felicidad o tristeza

U na persona me ha contado más de un vez que le da un poco de pudor contar que es feliz. Compartir lo bien que le van las cosas porque dice que las personas que la rodean... parece que se enojan cuando uno está bien.   Me ha dado no poco que pensar esta forma de ver el asunto. Cuando viví los lejanos años de la tristeza, nunca me planteé el influir con mi estado anímico a los otros; parecido me pasa ahora que sé a ciencia cierta que mi paz no contagia a aquellos que quieren vivir en guerra. Entonces pienso, y así se lo he manifestado a esta persona que cree que su felicidad afecta a quienes le rodean, que poco importa lo que se quiera compartir cuando no existe por parte de las personas voluntad de recibir. He sido testigo de cómo la profunda depresión de una persona es incapaz de remover en el más mínimo aspecto la necedad de quienes se obligan a ser felices porque creen que es de buena educación no andar ventilando lo que uno siente. Es decir que socialmente nos hemos a...

Perros ovejeros y coyotes

D e un tiempo a esta parte cada vez que hay elecciones me siento un tanto aislado. De ninguna forma soy de aquellos que pregonan que no les interesa la política, ni pretendo dármelas de elegido que disfruta el jactarse de que no existe nadie ni nada que lo identifique. Al contrario, me complica de sobre manera y hasta me preocupa no ser ya capaz de ver alguna diferencia entre los políticos. Ellos se supone que piensan distinto pero al momento de gobernar se parecen demasiado. Discuten de vez en cuando acaloradamente en el Congreso, se insultan y a veces hasta pierden su supuesta compostura y hasta se dan de golpes...pero cuando no los estamos viendo, cuando comparan las ganancias de sus repentinamente pujantes negocios, a la hora del café, en el almuerzo e incluso minutos antes de entrar o salir del trabajo es muy poco lo que los separa. Recordé aquella serie de dibujos animados que nosotros veíamos en Latinoamérica en los años ochenta que se llama ...

La escritura

M e gustaba mucho dibujar así que no deja de ser extraño que, en la clase de arte en el liceo, estuviese poco atento a las instrucciones del profesor. Pero aquella mañana estaba muy poco atento. El profesor lo notó, al acercarse a mi mesa se dio cuenta que en vez de estar dibujando yo estaba escribiendo en una hoja. Una vez que él hubo terminado de dar las explicaciones con respecto al trabajo que debía yo de estar haciendo, me pidió la hoja que había estado escribiendo para poderla de leer. Tras terminar la lectura me miró comprensivamente, me invitó a retomar el dibujo y terminada la clase se mostró muy interesado por lo que había leído. Le conté que quería escribir un libro y que aquello que él había leído era una parte importante de la idea principal. Le pedí disculpas y él, tremendamente comprensivo, me dijo que no había problema. Me pidió que cuando terminara el libro me acordará de guardarle una copia. Días después me regalo una croquera para que yo no tuviese que andar escribie...