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Mujeres (III)

 Tengo tres hermanas hermosas como pocas. Tiene tres tipos de belleza que enorgullecen y alegran mis recuerdos. La mayor es morena, como la tierra que da a luz la fortaleza de los árboles. Es la que habla menos porque también es a quien le importan menos aquellas cosas del intelecto. Sin embargo, lo que le faltó en estudios lo tiene de sobra en coraje y esfuerzo. Es una de las mejores madres que conozco, una gran trabajadora y un ejemplo de superación, honestidad y dignidad.

    La que nació después de mí, heredó parte de la belleza de nuestra mamá. Es bella estéticamente hablando y con el paso de los años, el dolor y las decepciones también el modo de pensar se le ha ido embelleciendo. Le cuesta perseverar en aquello que se propone, sin embargo, no ha sido nunca de las que se dan por vencidas.

    La más pequeña en edad es cómicamente la más grande en estatura; es alta pero inevitable amorosa cuando quiere serlo. Hace reír o hace llorar con la misma facilidad, es inquieta y rosquera, también muy bella y estilizada. Tiene la vida por delante y parece que va por muy buen camino.

    Mis tres hermanas han sido madres y lo han resuelto de maneras muy distintas. Las decisiones que han tomado con respecto a sus hijos e hijas definen sus historias de formas tan distintas como respetables según sus propias decisiones.

    Lo que más admiro de ellas es que siguen siempre adelante por difíciles que sean los
caminos que hayan elegido.

 

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