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Hombres (II)

 Me refiero a él como mi medio padre porque nunca fue malo como para llamarle padrastro ni responsable como para nombrarlo padre. Conforme yo crecía, él también crecía un poco. Ahora entiendo mucho mejor tantas cosas de no entendía en él; su vida es una colección de errores; la mayoría los ha tenido que pagar muy caros.

    Él fue mi mejor amigo durante casi veinte años. Algunas veces lo acompañaba a los esporádicos trabajos de gasfitería o conducción que de tanto en tanto encontraba.  Contaba historias increíbles y no pocas veces le vi ayudar a otros sin esperar nada a cambio. Le escuché hablar con odio de la burguesía y con devoción de las causas sociales que él no seguía, pero defendía con profunda convicción. Gracias a él conocí el maní confitado y los turrones, la historia de Macario que tanto me gusta, las canciones de Alfredo Zitarrosa y los tangos de Carlos Gardel. Como si todo esto fuera demasiado poco, le vi intentar ser padre de la menor de mis hermanas que según creo, es lo mejor que a mi mamá y a él les quedó después de malgastar más de veinte años juntos.

    Sin embargo, si escribiera sobre lo irresponsable que era con sus compromisos cuando era joven, sería demasiado fácil catalogarlo como un mal hombre. Ya he dicho antes que en estos escritos no pretendo determinar si las personas son buenas o son malas; quiero creer que según pasaron los años y este medio padre fue envejeciendo, pudo llegar a comprender los errores que cometió, que encontró el tiempo para reflexionar las razones por las que hacía el final de sus años fue él quien se quedó más solo.



   

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