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¿Y ahora qué...?


Mi país peca a menudo de soberbia. Sus líderes, habituados a la buena vida se desenvuelven seguros entre otros líderes; creen sus propias mentiras y en su engaño engañan además a quién no conoce al país verdadero. No estamos en condición de ser modelo de nadie, aquí, como en la mayoría de las economías desarrolladas o en vías de desarrollo, como siempre los ricos se hacen más ricos…los pobres ya no son tan pobres, porque quizás para aliviar la conciencia, los que son dueños del dinero o del poder (que cada día son más la misma cosa) buscan infinitos mecanismos para evitar que el pobre exista; pero lo evitan mal. Dan bienes materiales y descuidan la salud y la educación, logrando por supuesto que la economía crezca y enriquezca a quienes son los dueños de todo y así ellos establecen soluciones mercantiles a la pobreza .

Mi país crece, no cabe duda, y los recursos naturales se venden a muy buen precio. Se construyen carreteras, puentes, hospitales y escuelas. Se presentan millonarios presupuestos y aunque dicen que somos los menos corruptos, el cemento, los remedios y los libros no llegan hasta quienes lo necesitan. Alguien se enriqueció con algún negocio en el camino. Se compra tecnología que no se aprende a usar e incluso a veces que no sirve para nada. Somos el país que más compró en la última década celulares y en el momento del más reciente desastre nadie podía hablar con nadie.

Un terremoto nos vino a recordar que no somos nadie, aquellos a quienes miramos por sobre el hombro llegaron prestos a ofrecernos su ayuda…a nosotros que no necesitábamos nada de nadie, a nosotros que presumíamos de ser el alumno aplicado del continente, a nosotros que nos burlamos de los inmigrantes que subsisten vendiendo comida en los lugares públicos. El primer presidente indígena dona la mitad de su sueldo, unos 100.000 trasandinos abrazan a los nuestros y muchos voluntarios del mundo vienen y nos toman la mano.

¿Y ahora qué…? Aprenderemos que la vida es frágil, que lo más importante no lo venden las tiendas y que el agua no estará allí siempre para desperdiciarla. Aprenderemos que no somos según tenemos, aprenderemos quizás que a pesar de las banderas somos una misma raza. Una raza que lleva más de quinientos años mirándose el ombligo. Envidiando y humillando sin necesidad alguna. Una sola clase que desde siempre ha luchado por lo que tiene; lo poco que se ha logrado con el esfuerzo. No nos engañemos más: el progreso no nos pertenece, pero eso importa muy poco porque la solidaridad ha nacido una vez más desde nosotros.

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