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La tumba de las luciérnagas (1988)

   El año 1988 se estrenaron varias películas muy buenas, de las que recuerdo, Cinema Paraíso es la que mejor conecta con una infancia que no tuve y hubiese querido tener. La tumba de las luciérnagas me conecta de mejor manera con el abandono, con las responsabilidades y la penetrante emoción de ser niño o niña en un tiempo en que lo único de algún modo importante son los adultos. La guerra y su más infravalorada consecuencia, la guerra y el punto de vista de los que no ganan...los que nunca ganan. El amor de un hermano hacía su hermana, la inocencia de una niña y el egoísmo de algunos que no es que quieran ser malos; es que en tiempos duros es que se ve realmente de qué es que estamos hechos.

Dibujos animados para niños ya maduros (que los había y los hay, no tengan duda); dibujos animados para adultos que todavía conservan aquella tan necesaria fragilidad que a uno le permite hacer frente a los hechos que son en la ficción porque fueron en la realidad una , cien, mil veces multiplicado por diez y reducido a algunos minutos de trazos y colores que dejan pensando mucho más allá de lo que dura la película. Seguro esta debe ser una de las películas más tristes que existen (es seguro la película más triste que yo haya visto), no obstante de eso, es mucho, muchísimo más. Es una obra maestra de un estudio de animación japonés que con toda naturalidad crea obras de arte.

Los estudio Ghibli son a Japón lo que Disney a los Estados Unidos, pero más. Más honestidad, más humildad, más arte y mucho más contenido que cualquier película Disney. En el caso de la que en esta entrada comento, silencios que nos siguen retumbando mucho más allá de las canciones que habitualmente forman parte de la historia de quienes han crecido mirando largometrajes animados. La historia es simple; dos hermanos (un niño y una niña) huérfanos tras un bombardeo militar de aquellos tan comunes durante la segunda guerra mundial, sus desventuras en una sociedad destruida, el hambre, la carencia de la más mínima comodidad necesaria en la infancia, y finalmente un cumulo de sentimientos afines con cualquiera que no haya olvidado cómo es conmoverse a través del arte que no busca ser masivo ni políticamente correcto. 






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