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Conversaciones, columnas y entradas

 No me gusta la línea editorial de cierto diario muy leído. Para ser muy leído debe ser bastante banal en su tratamiento de las noticias y superficial en relación a muchas de sus portadas que no son otra cosa que un reflejo de lo que quiere ser informada la mayoría de las personas. pero, un día a la semana, escriben allí dos columnistas. Leo la mayoría de sus columnas. Los días domingos, en otro diario que me ha parecido siempre mucho más profundo y culto, pero cuya línea editorial tampoco comparto, escribe sus columnas un periodista al que se le puede ver a diario en televisión. No veo el noticiario en que da las noticias el periodista porque es un canal sensacionalista pero sí leo muchas de sus columnas en el diario.

Me gusta mucho comprar libros con columnas, ensayos o meras reflexiones de escritores de los cuales, aunque no he leído y no me gustan muchas de sus obras, si me gusta leer sus escritos sobre diversos temas. Tengo libros de religiosos vueltos a escribir sobre las cosas cotidianas y me gusta sentarme a leer acerca de cosas y hechos que cualquiera de nosotros podemos vivir o recordar que vivimos. Me gusta pasar el tiempo conversando con autores que imagino que saben que están conversando con todos aquellos que los leemos una vez a la semana o de tanto en tanto. Han habido grandes conversadores de este tipo en la historia de la prensa nacional; algunos hasta el día de hoy son considerados maestros y las columnas que ellos escribieron gozan de una lozanía que haría pensar al menos incauto que sus columnas fueron escritas ayer por la mañana.

También ha habido maravillosas conversadoras; son las menos por una cosa de mala costumbre de los hombres que son los que tienen tiempo para leer los diarios. Mala costumbre de los dueños de los medios de comunicación que no terminan verdaderamente de comprender que las conversaciones y las columnas literarias son interesantes o aburridas independiente de que las escriba un hombre o una mujer. Los temas pueden ser muchos, casi siempre son vivencias personales con las cuales quienes leemos nos identificamos. No leemos entonces para cuestionar lo que el autor o la autora nos cuenta, puede ser que retroalimentemos sus palabras con pensamientos o incluso palabras que sólo nosotros escuchamos, que no pocas veces nos quedemos en silencio pesando en lo mucho que se parece la sensibilidad de algunas personas a la sensibilidad que a nosotros nos tocó tener. Comparamos puntos de vista o recordamos aquellos hechos que  vivimos nosotros y a veces hasta los escribimos.

Quienes escriben en diarios o revistas no pueden saber verdaderamente cuántas personas los leen. Se puede saber cuántos diarios o cuántas revistas se venden pero no cuánto es que se leen estas conversaciones escritas. El diario del domingo, en su edición de internet, permite saber cuáles son las columnas y noticias más leídas pero esto es más bien antojadizo; porque puede ser que las ganas de conversar esta vez estén guiadas por otros, que se lea lo que la mayoría están leyendo como no pocas veces se termina diciendo aquello que la mayoría dice. Estas conversaciones y columnas de las que yo escribo son aquellas que nos encontramos por casualidad. Esos textos que nos hicieron sentir acompañados en momentos en que creímos ser únicos en las desgracias o en la manera de ver las cosas. Cuando nosotros somos quienes escribimos no tenemos mejor norte que hacerlo para nosotros. Puede ser que alguien más llegue en algún momento a dedicarnos tiempo, que alguien quiera, una vez a la semana, reaccionar a aquello que nosotros proponemos. Puede ser que aunque una persona lea aquello que escribimos, la conversación o la columna no haya sido en vano.  

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