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Hombres (III) y (IV)

 Una tarde decidí ser como los otros niños y salir a la calle a jugar. En la esquina del pasaje estaban los muchachos más grandes fastidiando a los más chicos. El más alto de todos ofreció a uno de los de mi edad dejar de molestarlos si me pegaba un puñetazo en la cara. No creo haber alcanzado a estar un minuto en la calle cuando ya estaba de vuelta en la casa con la nariz sangrando, mi mamá alarmada preguntándome a la vez que me limpiaba con un paño húmedo qué era lo que había pasado. Me quedé callado pues ni siquiera yo entendía qué era lo que había pasado; no era la primera vez, ya en una ocasión había intentado jugar con los amiguitos de la población, recuerdo que me tuve que esconder detrás de un poste de la luz pues tocaba jugar a la guerra. Fue solo un segundo que asomé la cabeza, entonces vi venir la piedra que me dejo inconsciente por alrededor de cinco minutos tras darme de lleno en la frente.

                                                                                  ***

Entonces ser bien hombrecito era arreglar las cosas a puñetazos de ser necesario; yo aprendía algunas nociones de pelear a combos y patadas con cierto maestro en las artes marciales que tenía algo así como un gimnasio en cierta población. Era, según él, cinturón negro en full contact además de fisicoculturista y la cosa es que como yo le caía bien, me enseñó a defenderme.

    Aprovechándome de que tenía bastante ejercitados los músculos de las piernas, con tanto andar tirando un carretón, me convertí en un verdadero prodigio con las patadas. También era bastante rápido con las manos y lo realmente divertido es que aprender a pelear me sirvió principalmente para no hacerlo. Resultaba bastante más fácil pasar inadvertido en la escuela, evitar la confrontación porque sí, aunque debo confesar que una vez no me fue posible mantener la calma cuando un compañero algo más alto que yo me sacó la madre y terminamos la pelea con su espalda atorada en una ventana de la sala que ya no tenía vidrio debido a la fuerza con que le había pegado.

    La mayoría de mis compañeros me veían como un pobrecito al que no valía la pena ni siquiera considerar como un oponente lo que me eximió de no pocas peleas, en la población me respetaban bastante más porque había tenido ocasión de mostrar algo de lo que había aprendido con mi singular instructor, pero desde que aprendí a pelear las peleas dejaron de ser para mí un tema. La lectura me fue guiando por otro tipo de conceptos de lo que significaba y significa ser hombre. 



 

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