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El lector de libros electrónicos (II)

Ahora que podía tener muchos libros en un solo dispositivo. Ahora que podía tener incluso un libro de más de mil páginas y no sentir más peso que el de un moderno dispositivo en la palma de su mano, se propuso ponerse al día con los libros que la mayoría decía que eran las cumbres de la literatura. Mucho tiempo que quería asomarse a ese enigma que era "En busca del tiempo perdido"; había cotizado una bella edición que reunía, en una caja, los siete tomos pero no se había decidido a gastar esa cantidad de dinero para sí. Lo postergo hasta que, embriagado de alegría, supo que podía descargarlo y ponerlo en el lector electrónico que hace poco había tenido la suerte de comprar, en un muy conveniente precio, a una señora en el persa que visitaba al menos una vez al mes. Tres años demoró en terminar de leer los siete libros. "Por el camino de Swann", "A la sombra de las muchachas en flor" y "El tiempo recobrado" fueron sus favoritos. Se fastidió, como la mayoría de quienes aceptan el desafío de leer la obra completa, con "El mundo de Guermante". Como tantos sintió que "La prisionera" y "La Fugitiva" eran un poco de relleno y no pudo sentir la fascinación que otros sienten al leer "Sodoma y Gomorra" pero terminó de leer los siete tomos. Cuando eso ocurrió sintió una dulce calma. Tan dulce y tan calma como aquella vez que había terminado de leer, también en el lector electrónico "La historia de Genji", aquella cautivadora novela del Japón medieval que tantos recomendaban leer.

Leyó "Bendita mi lengua sea" que eran los diarios de una mujer enorme que por muchos años estuvo encasillada en una pequeña caja que muy poca justicia le hacía a su enorme estatura moral y creativa. Avanzó con la saga de "El cementerio de los libros" que a tantos a cautivado incluso en periodos en que no hay posibilidad alguna de vacaciones. Todo eso en tres años y la historia apenas estaba empezando. Había comenzado a leer "Ulises" pero algo no estaba resultando. Jorge Luis Borges dijo, en una conferencia sobre la obra de Joyce, (y así quedo evidenciado en una grabación) que, si tuviese que permanecer en una isla por muchos años y sólo pudiese llevar un libro, que ese libro sería el "Ulises". Llevaba leída la mitad del libro y todavía no sentía ninguna afinidad, ni interés con respecto a aquello que sucedía en un solo día contado en cientos de páginas. Nunca se consideró particularmente inteligente por leer tanto, ni siquiera ahora que podía leer los libros que por caros no había leído. Avanzó en su lectura con una serenidad que desconocía y se propuso terminar la obra aún así tuviese que buscar, después de leerla, explicaciones.

Así era la cosa con esa extraña necesidad de la lectura. No pocas veces la frustración se apodera de quien lee sin comprender. Dejar de leer debido a eso, le parecía una decisión incorrecta. Nunca se había permitido la derrota y mucho menos ahora se la permitiría. Insistía en la lectura en cada uno de los momentos que podía. No leía en público, mucho menos en horas laborales. Leía en los rincones del lugar en donde vivía, en tandas no mayores de una hora. Leía un rato, hacía otra cosa y después leía otro rato. Continuó leyendo libros impresos y algunas veces se puso a pensar acerca de lo bien que se pueden llevar los libros físicos con los libros virtuales cuando se tiene la posibilidad de contar con los medios adecuados.    

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