Partí entonces, a los seis meses de haberme
titulado, a engrosar las filas de los desocupados que nunca faltan en este y
cualquier país. A mi mamá nunca le gustaron los hijos o hijas que no estudian
ni trabajan por lo que no pasó un mes y ya había encontrado como sacarles
provecho a mis estudios técnicos.
Cierta compañía, por entonces muy renombrada, necesitaba jóvenes egresados de
liceos industriales para operar pantallas gigantes en los centros comerciales
que comenzaban a aflorar en distintos puntos de la ciudad. Así fue como en
menos de un año de haber egresado como mecánico, terminé trabajando, con una
cotona blanca, en el patio de comidas de un outlet donde no tardaría mucho en
darme cuenta lo mucho que diferirían el país en que fui niño del país que sería
a partir de entonces.
Estudié cinco años para
tener algo en que ganarme la vida. Obtuve, no sin pocos esfuerzos, penas y
frustraciones tener el título de Mecánico en Electricidad Automotriz. Hice la
práctica durante seis meses en un taller más bien pequeño de una concurrida avenida
en el barrio alto de la capital. Conocí a personas nobles y esforzadas a las
que les llamaba mucho la atención que yo fuese tan lento para trabajar y tan
rápido para pensar. Increíble experiencia fue aquella; ya pensaba yo que no
tenemos en la vida más que cumplir con los designios de nuestro destino cuando
Don Carlos, el dueño del taller, me invita a tomarme vacaciones pues el taller no daba como para pagarle a dos
mecánicos (Alexis, el mecánico que estaba antes en el taller, se quedaría
porque no sería muy bueno conversando, pero ni duda cabía que era un experto en
el trabajo que se debía hacer).

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