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La vida es una loca de remate (III)

Estudié cinco años para tener algo en que ganarme la vida. Obtuve, no sin pocos esfuerzos, penas y frustraciones tener el título de Mecánico en Electricidad Automotriz. Hice la práctica durante seis meses en un taller más bien pequeño de una concurrida avenida en el barrio alto de la capital. Conocí a personas nobles y esforzadas a las que les llamaba mucho la atención que yo fuese tan lento para trabajar y tan rápido para pensar. Increíble experiencia fue aquella; ya pensaba yo que no tenemos en la vida más que cumplir con los designios de nuestro destino cuando Don Carlos, el dueño del taller, me invita a tomarme vacaciones pues el taller no daba como para pagarle a dos mecánicos (Alexis, el mecánico que estaba antes en el taller, se quedaría porque no sería muy bueno conversando, pero ni duda cabía que era un experto en el trabajo que se debía hacer).

  Partí entonces, a los seis meses de haberme titulado, a engrosar las filas de los desocupados que nunca faltan en este y cualquier país. A mi mamá nunca le gustaron los hijos o hijas que no estudian ni trabajan por lo que no pasó un mes y ya había encontrado como sacarles provecho a mis estudios técnicos. Cierta compañía, por entonces muy renombrada, necesitaba jóvenes egresados de liceos industriales para operar pantallas gigantes en los centros comerciales que comenzaban a aflorar en distintos puntos de la ciudad. Así fue como en menos de un año de haber egresado como mecánico, terminé trabajando, con una cotona blanca, en el patio de comidas de un outlet donde no tardaría mucho en darme cuenta lo mucho que diferirían el país en que fui niño del país que sería a partir de entonces.  

 

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