La escuela era un templo del saber. Saber quedarse callado para que hablaran los profesores, saber aguantar las burlas porque la ropa era vieja y parchada. Saber agradecer cada gesto de misericordia de aquellos que tenían más. Memorizar lo que los adultos consideraban importante, ver como las clases sociales nacen en las salas. Observar maestros cansados de dar su vida a niños que no valorábamos nada. Aprender el patriotismo y otras cosas de dudosa utilidad. Jugar en los recreos a que ya no eramos pobres, botar la rabia peleando a combo limpio en el patio de tierra. Soñar con lo que seriamos cuando grandes, sufrir por no tener dinero para comprar los materiales...ver a esos que no se comen la colación, andar con las tripas ardiendo y la boca babeando. Esconderse en la oficina del inspector para no entrar a clases de religión, porque allí enseñaban la resignación, leer los libros de los cursos más grandes y aprender mucho más solo que mal acompañado. Varios amores no correspondidos y amigos tan o más olvidados que yo...ese era el lugar donde me maleduque para la vida y digo maleduque como una forma de dar las gracias porque en la vida de la gente bien educada no siempre se aprende a decir lo que realmente se siente y yo desde muy niño no sé de esas cuestiones.
U na persona me ha contado más de un vez que le da un poco de pudor contar que es feliz. Compartir lo bien que le van las cosas porque dice que las personas que la rodean... parece que se enojan cuando uno está bien. Me ha dado no poco que pensar esta forma de ver el asunto. Cuando viví los lejanos años de la tristeza, nunca me planteé el influir con mi estado anímico a los otros; parecido me pasa ahora que sé a ciencia cierta que mi paz no contagia a aquellos que quieren vivir en guerra. Entonces pienso, y así se lo he manifestado a esta persona que cree que su felicidad afecta a quienes le rodean, que poco importa lo que se quiera compartir cuando no existe por parte de las personas voluntad de recibir. He sido testigo de cómo la profunda depresión de una persona es incapaz de remover en el más mínimo aspecto la necedad de quienes se obligan a ser felices porque creen que es de buena educación no andar ventilando lo que uno siente. Es decir que socialmente nos hemos a...

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