Contaba con la tranquilidad de la jornada; no por nada se hablaba tanto de lo desordenado que estaba el país. No por nada la culpa era siempre de los que pensaban distinto. Por eso era, quizás, que hace años que ya no pensaba, únicamente sentía lo que su corazón le decía. Ridículamente, porque sabía muy bien que el corazón no hablaba; que era la conveniencia la que terminaba hablando por todos y a todos les venía bien un cambio. Lo malo era que el cambio que tanto hacía falta tendría que seguir esperando. Ganara quién ganara porque hace rato que sentía que el país no eran los políticos los que mandaban.
Sentía que estaba muy claro que mandaba el Banco Mundial, que eran las grandes empresas las que mandaban. Aquellos organismos que le pedían estabilidad económica a los políticos a cambio de gobernabilidad. Había quedado demasiado claro en el país lo que podía pasar si ganaban en las urnas los que no tenían que ganar. Desde entonces que los políticos hacen como que son enemigos aunque no lo son por que al haber más de un poder del estado tienen que negociar; y no sólo con dinero sino que además con la sentencia de que, pasados cuatro años, a la oposición le puede tocar ser gobierno y a quienes gobiernan les puede tocar ser oposición.
Muy temprano se tenían los resultados. Es que este país es civilizado; no como otros...según los medios de comunicación que destacan, como tantas veces, el civismo de quien perdiendo llama a quien resulta ganador ofreciéndole un apoyo que cada vez queda más claro que es en beneficio del modelo político y, si es que sobra algo que no sea digno de robar, puede que sea en beneficio de aquellos votantes del país que se sienten importantes, cada cierto tiempo, porque les han convencido que eligen entre una variedad de personas que son un poco lo mismo. Ya ni siquiera importa, según la historia de la democracia en el país, que la persona que gana tenga buenas ideas. No son las buenas ideas las que se gobiernan, son los intereses. Se acostó para dormir; temprano porque tenía que levantarse para trabajar en un país donde el progreso puede ser que sea menor, cuando gobiernan los equivocados, pero sin dudas que es progreso.
Progreso económico para los que tienen secuestrada la democracia; progreso en el desgano de celebrar algo, en quienes han aprendido que la democracia es un mal necesario. A nadie, que algo le diga todavía su corazón, se le va a ocurrir ponerse a defender cualquier tipo de dictadura.

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