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Los revoltosos (II)


Resulta que un día, en un lugar llamado Francia, la burguesía (esas personas que vivían en las primeras ciudades allá por Europa) le pareció que ya bastaba de mantener a aquellos zánganos de la monarquía y les dio por poner de moda eso de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Se tomaron un fuerte conocido como La Bastilla y condenaron a muerte a todos aquellos que se opusieran a las ideas nuevas.
    Esta revolución de muchos fue una cosa buena. Fue causa e inspiración de no pocos movimientos de independencia en las colonias que hasta entonces pensaban que era lo más normal que los reyes lo controlasen todo a la distancia. De saber cosas, hace rato que las venían sabiendo, pero dicen que la costumbre es fuerte y que no es fácil cambiar de la noche a la mañana lo que se ha creído acertado por años. Sin embargo, en Francia fue posible; lamentablemente los pensadores no tardaron demasiado en tener ideas distintas los unos de los otros y así fue como aquellos que lideraron en un comienzo el movimiento terminaron sus horas en las mismas guillotinas donde habían dado por terminadas las dinastías que en la naciente Edad Moderna ya no existirían.
   Fue un caos todo aquello; se instauro la extraña costumbre de que la revolución casi siempre termina por devorar a los revolucionarios que le dan vida, la libertad suele tener un muy alto precio que alguien inevitablemente debe pagar, que los hombres somos todos iguales, pero siempre habrá hombres que son más iguales los unos con los otros y la fraternidad dura lo que llegue a durar la conveniencia entre aquellos que mandan y quienes se dejan mandar. Sin embargo, en modo alguno sería aquel el fin de los revolucionarios ni el de las revoluciones. De tiempo en tiempo las ideas nuevas hacen para bien o para mal el trabajo que la tradición se niega a hacer.




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