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Los inevitables encuentros (I)

Ocurre que finalmente ningún suelo podrá permanecer libre de influencias venidas de afuera. Los que vienen dejan cosas y a su vez cosas se llevan. Las aguas se mezclan, las semillas pueden brotar en suelos distintos y los que por naturaleza no son belicosos; frente a la imaginaria amenaza de aquellos a quienes todavía no conocen, han de aprender a pelear.

Las palabras se funden y se confunden, acercan o alejan manipuladas por aquellos que aseguran que las diferencias se hayan en la tez de la piel, en lo que se cree o se deja de creer. El lenguaje crea realidades, y esas realidades no hacen más que retrasar los inevitables encuentros.

Quienes trabajan la tierra se parecen, quienes mueven las ruedas que permiten el avance de las civilizaciones sobre lo que queda esparcido del pasado, también se parecen. Todo aquel que piense y que respire necesita expresar y ser escuchado; permanecer de alguna forma, necesitar a alguien o algo y ser necesitado.

Cantamos y tememos de maneras sorprendentemente parecidas. Lo que en un lugar es sagrado en otro es y será pagano. Vivimos para buscarnos, para encontrar a aquellos que nos hagan sentirnos parte de algo mayor. Estar solos nunca ha sido lo nuestro; dos decantan naturalmente en cuatro y donde puede haber cuatro puede habitar ocho; los grupos se constituyen en tribus y las tribus buscan agua para poder establecer que una extensión de tierra les pertenece. Los hombres recogen palos, piedras y metales para cercar aquello que siembran y esperan cosechar, las mujeres aprenden que este es un mundo de hombres que poco o nada sería sin las niñas que serán madres, hermanas y novias de aquellos que al volver a la choza esperan ser queridos.


 


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