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Las revoltosas (VII)

Si el valor de un hombre no ha sido del todo establecido ¿Cuál será el valor de la mujer que se revela a su destino de dama y princesa? De la mujer que no necesita andar vociferando, que gana su respeto con hechos, sin victimizarse, que no se avergüenza de las lágrimas que parecen limpiarla desde adentro y aclarar el horizonte que tantas veces parece tan sombrío e inalcanzable.

   ¿Cuál será el valor de la mujer que cuida de sus crías hasta que estas se pueden valer por sí mismas? ¿De la mujer que estudia, de aquella que habla en donde todos callan y otorgan? ¿Cuál será el valor, sin veleidades, de la mujer que persiguió su destino cargando su grabadora y una guitarra por aquella larga geografía que es la patria que le tocó? ¿El valor, sin cálculos políticos, de la mujer que murió lucida como nunca a pesar de que mientras vivió fue considerada loca?

    Es doblemente complejo determinar cuánto es lo que se necesita para comprar la dignidad de las revoltosas, para acallar el ruido de sus obras que sigue sobreponiéndose a los chillidos de las que denigran y avergüenzan aquel legado de valentía y profunda soledad. Para acabar con la distancia, el menosprecio y la banalización a la que condena la cultura oficial sus sola existencia. El valor de la revoltosa que sabe esperar el momento de entregarles la libertad, que a las como ella tanto dolor y sangre les costó, a sus hijas y a sus hijos para que ellas y ellos puedan continuar el camino que nos falta.

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