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Mujeres (II)


En estricto rigor, tuve tres abuelitas; las tres, no cabe duda, mujeres muy admirables.

    Comenzaré por mi abuela materna; una flor del campo trasplantada a la mala a un macetero que nunca la pudo contener del todo en la ciudad. Fue madre de a lo menos doce crías y esclava por décadas de un trabajador y poco cariñoso patrón…marido perdón.

Mi abuela paterna pasó por este mundo casi sin hacer ruido. Acumuladora tanto de recuerdos como de objetos, sabia como muy pocas; vivió siempre muy sola. En sus piezas (no le conocí nunca una verdadera casa) estaba siempre arrumbada junto a sus muñecas, juguetes, papeles marchitados que fueron importantes en otro tiempo y de cuadros con fotos de personas que ya no estaban.

    Mi tercera abuela es la madre de mi medio padre. De ella me quedó su tremenda lucidez, sus finos modales y su rico lenguaje (aunque mi madre cuenta que cuando se trataba de ofender, había muy pocas capaces de hacerle frente).   

    Los hombres ausentes son una constante en la historia de mis abuelas, de mi madre y de mis propias hermanas. Salir adelante también es su rasgo de raza. Ellas podían y pueden ser muy cariñosas si se lo proponen, pero de ningún modo son damiselas a las que haya tenido que rescatar alguna vez un hombre de peligro alguno. Hubo y ha habido hombres a lo largo de sus particulares historias, pero la parte importante de aquellas historias las han sabido escribir ellas sin demasiada ayuda.


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