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La lectura (V)

Pienso que entre los 10 y los 13 años fui un pésimo ejemplo de niño en la escuela. No jugaba en los recreos por desconocimiento y desinterés en los juegos que interesaban a mis compañeros e incluso a veces me hacía expulsar de la sala premeditadamente para poder ir a la inspectoría con la finalidad de estar cerca de los libros que usaban los estudiantes de los cursos más grandes.

    El inspector era un señor muy bonachón; el abuelito perfecto según yo, sabía muy bien que me aburría lo extremadamente conservadores y conservadoras que eran mis profesores y mis profesoras. Que los contenidos que me correspondía estudiar por edad en castellano, historia y ciencias naturales yo ya los conocía por lecturas anteriores. Él era mi cómplice, el responsable directo de que yo, tanto en los recreos como en aquellas clases donde no me podía aguantar por tanto tiempo en la sala, anhelase estar en su oficina leyendo los libros que él guardaba en un gran estante.

    Aquel enorme estante puede ser considerado sin lugar a dudas la primera biblioteca en mi vida. Tenía los textos de todos los cursos y las asignaturas de la enseñanza básica ordenados por cursos. En esos textos yo solía aprender por adelantado los contenidos que se enseñaba a los cursos superiores; por eso escribo que era un pésimo ejemplo de niño, parecía más bien un señor viejo de cortos años que nunca aprendió demasiado bien las reglas del fútbol, ni aprendió a lanzar tampoco el trompo. Que era demasiado flaco y debilucho como para ser un rival digno en algún tipo de pelea y sin embargo leía mucho. Lo que de manera alguna significaba que tuviese buenas notas. 

 

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