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El cuento de la princesa Kaguya (2013)

M
acordé de La novela de Genji cuando estaba viendo esta película. La belleza de la pintura con acuarelas, el sonido del koto y tradiciones que poco o nada tienen que ver con las de las civilizaciones occidentales. También me sentí fascinado por la posibilidad de ver una película de Isao Takahata distinta con respecto a su animación más característica. La historia de la pequeña princesa que un campesino encuentra en una caña de bambú es hermosa lo mismo que trágica. Ya sé que hablamos del director de La tumba de las luciérnagas y principal responsable de las desventuras vividas tanto por Heidi como por Marco (ojala tengan la edad para entender el chiste). La niña que nació en un bambú crece muy rápidamente, con facilidad cautiva a todos cuantos la conocen y podríamos decir que vive una infancia pobre pero muy feliz. El hallazgo, por parte del padre, de riquezas en otras cañas de bambú es entendido como la señal inequívoca acerca del destino de la niña; entonces es trasplantada a la ciudad.

La riqueza, que en un comienzo es bien recibida por la niña, se ve arruinada por la necesidad de educarla en los modales de la gente adinerada y la obsesión del padre con respecto a encontrarle un esposo a su hija. Kaguya es muy ella misma como para ceder a las presiones sociales. Es sabia a la vez que bella y pone en más de un aprieto a los pretendientes que buscan quedarse con ella como si fuese un tesoro y no una persona. La aparición del mismísimo emperador es el comienzo de una desgracia que escapa a la autonomía de nuestra encantadora protagonista y a los deseos de los hombres que la pretenden. Claramente ella no es una mujer ni una princesa como esas que aparecen en los cuentos, ella viene de un lugar al cual deseó volver con todo su corazón cuando creyó no poder más con el destino al cual le estaban condenando.

La historia tiene un final que es inesperado a la vez que invita a reflexionar acerca de no pocos aspectos que no siempre son valorados de la manera que debiesen ser valorados. Los personajes (incluso el padre y los pretendientes) son queribles debido a su "pequeñez" frente a las circunstancias a las que son arrinconados por la sabiduría de una mujer que no cruza aún el umbral de su adolescencia. Más de dos horas que se disfrutan de verás. Animaciones y música que arrebata los sentidos del espectador o la espectadora. Un visionado que puede ser compartido tanto como disfrutado en soledad. Bueno; una vez más estamos hablando de una las obras del estudio Ghibli que son tan atesorables como atemporales. Una película absolutamente recomendable.     






 

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