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En algo hay que creer (II y III)

II 

Según avanzaron los años y los siglos; según los hombres y las mujeres se atrevieron a pensar por sí mismos y el raciocinio develó los pobres argumentos de quienes defienden las distintas perspectivas de la fe, las religiones comenzaron a ser menos poderosas. Escribo menos porque como institución tan propia de las civilizaciones les sigue otorgando una incomprensible importancia a los dogmas.

    Poco importa en qué lugar del mundo, aquellas verdades de las que presumen quienes, disfrazados de ovejas, simulando su natural agresividad, continúan determinando el libre albedrío de los otros y las otras. Otorgo que cada vez son menos aquellos que conservan la fe de sus mayores, que ante los irrefutables argumentos de la ciencia es muy difícil mantener aquello que se cree o que conviene creer, pero no puedo evitar pensar en que la fe es un pilar que, aunque momentáneamente ignorado, permanece inalterable como sustento de la condición humana.


III

    Cuando era niño, y era comunista, me gustaba mucho fastidiar a los creyentes de las más diversas religiones. Me aprovechaba de sus esquematizados pensamientos haciéndoles explicarme aspectos de la vida en donde la fe no puede hacer otra cosa que dejar de pensar.

    Recuerdo a varios evangélicos, católicos, testigos de Jehová y mormones tratando de compartirme su simple modo de ver las cosas y me recuerdo a mí mismo intentando hacerles sentirse poco inteligentes. Es justo decir que ellos nunca lograron convencerme y es muy poco probable que mis documentados argumentos hayan hecho que alguno de ellos o ellas renunciase a la fe que profesaban.

    Cuando era adolescente y ya no tenía necesidad alguna de convencer a nadie, intenté a menos ser más cortés con aquellas personas que profesaran alguna religión. Imagino que fue porque por entonces comencé a perder el miedo a estar equivocado, a saber, que efectivamente nadie es dueño absoluto de la verdad. Tuve que darle explicaciones además a un par de inquisidores del ateísmo que me criticaban lo cristiano de alguno de mis escritos. Me pareció oportuno en aquellos momentos, y me parece oportuno en este momento, aclarar que no simpaticé nunca con las religiones, pero que gradualmente me permití ser más tolerante e incluso escribir inspirado en quienes sí creían.

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