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En algo hay que creer

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Con una madre que encontró toda la fortaleza que necesitaba para salir adelante con dos hijas y un hijo, sin estudios y con una casa por pagar, en la fe hacía el Dios del que le había hablado su propia madre. Con hermanas que buscaron pertenecer, con suertes dispares, no sólo a una sino o dos o tres iglesias, sería un despropósito asegurar que me mantuve ajeno a las religiones en mi infancia.

    Mi mamá nunca nos impuso sus creencias religiosas; alguna vez nos llevó a un par de iglesias para que supiéramos de los evangelios, pero nunca impuso obligación alguna con respecto a creer o a no creer.

  Por otra parte, estaba nuestro medio padre; él vociferaba su ateísmo, la improbabilidad de que se alcanzara el bienestar de todos los hombres, mujeres y niños de otra manera que no fuera el comunismo. Tampoco nos impuso nada.

    Tanto la una como el otro profesaban su fe para sí mismos, con miedos propios y esperanzas que nunca se cumplieron del todo.

 

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    En la escuela tuve mis primeros problemas con aquello de la fe; el profesor de religión terminó por aceptarlo, mi mamá lo achacaba a las malas influencias de mi medio padre; yo lo entendí como algo natural debido a la lectura y las muchas conversaciones, lo mismo con creyentes que con sobrevivientes. La religión la mayor parte del tiempo ha sido para mí una muy exitosa fórmula para apaciguar y consolar a aquellos a los que no les pertenece el reino de la tierra. Nunca he tenido verdadera fe en ningún credo; suelo pensar que son porque existe el oportunismo y la culpa de las personas, que le dan tonalidades a la oscuridad que habitualmente se extiende sobre las civilizaciones del mundo. Hubo y hay quienes oscurecieron y siguen oscureciendo al mundo y quienes los iluminan con sus actos. Hay miedos y vacíos que no han sabido llenar nunca del todo las religiones que las civilizaciones se han procurado. Demasiado nos cuesta asumir ésta como nuestra única oportunidad de aprender, de hacer más bien que mal; nos cuesta mucho resignarnos y aceptar que no somos superiores a las otras especies con las que nos negamos a compartir la Tierra. Nos cuesta tanto asumir que no fuimos creados para reinar sobre aquellos a quienes consideramos inferiores.

 

***

    No tengo ningún tipo de problema con entender que algo se gestó en el cerebro del homo sapiens cuando repentinamente comprendieron que había demasiadas cosas que no alcanzaba a comprender. Que las mujeres y los hombres, hayan aparecido donde hayan aparecido, a través de la extensa fas que solía ser la Tierra antes de la antigüedad, le tuvieron miedo más o menos a las mismas cosas y que no faltaron quienes, comprendiendo un poco antes, usaron aquellos miedos con el fin de no tener que trabajarle ni un solo día más a nadie.

    Quienes comprendieron primero empezaron a pensar en aquello que trabajando de sol a luna no tenían el tiempo ni las ganas de pensar. Escribieron seguro las primeras tablas y cueros sagrados que los cuerpos y las mentes cansadas dieron demasiado pronto por ciertos. Construyeron templos donde reunirse, forjaron ídolos a quienes poder agradecerles o achacarles los caprichosos giros a los que les sometían el clima, el agua y las cosechas.

    Parece ser que no puede haber cultura o identidad entre grupos numerosos de gente sin religión; que los idiomas, el color de la piel o la idea de lo que es o deja de ser correcto une mucho mejor que el mejor de los pegamentos y por eso la fe se entiende como la confianza o el crédito que quienes de tan cansados los cuerpos o las mentes siguen, incluso en tiempos de súper computadoras, permitiendo que otros piensen por ellos. Dejándose convencer por las historias y los mitos que nos entregan todo medianamente resuelto.

    Y está el misterio de lo que ni las mentes ni los procesadores más avanzados saben todavía cómo explicar. Aquel ápice de lo no pensado, lo no explicado por los números y las formulas con que casi todo lo puede explicar la ciencia. Está aquel imponderable del que recibe al fin de sus días lo que sin duda alguna merece, el enigma de condenados a muerte que de puro irracionales han podido vivir aferrados a eso que llaman fe como quien se aferra a un flotador en un océano que cada día es más ancho y profundo. Están los que no pretenden convencer a nadie, los que han aprendido cómo es que se hace para amar en tiempos de desconfianza.


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