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David Lynch

 Venía de vuelta del cine ayer por la tarde; el bus pasó por un centro cultural y había pegada en una sus puertas una litografía con el rostro de David Lynch. Sonreí pensando en los incontables momentos que este inconmensurable artista me había hecho pasar. No sabía que hace dos días había muerto. No hay manera, es poca la televisión que miro e inexistente mis cuentas en redes sociales, tampoco me rodeo de quienes, cómo yo, saben que era un contemporáneo nuestro alguien tan creativo. Ahora que me enteré que murió, no sonreí al enterarme que su adicción al tabaco; que era, en sus propias palabras, uno de los placeres de la vida que lo estaba matando. Casi siempre había humo en torno a David Lynch, casi siempre sus obras (pintura, música y, por supuesto sus películas) eran parte de sueños compartidos por medio de ese éter del que hablaba cuando buscaba explicar aquello que nunca tuvo ganas de explicar.

El hombre elefante (1980) fue la primera vez que tuve noción de la existencia de un director, que en aquel primer encuentro, me pareció un maestro en lo sentimental. Esa percepción puede ser reafirmada si se ve Una historia sencilla (1999). En el contexto de aquellos diecinueve años vi la mayoría de sus películas, algunos de sus dibujos y pinturas y escuché algunas de sus muy especiales incursiones en el mundo de la música. Por supuesto que lo sentimental no era, en la totalidad de su obra, otra cosa que un sutil pero esencial vértice de lo mucho por descubrir. David Lynch, deliberadamente, dejaba sus obras abiertas para que quienes la viviesen las pudiesen completar con sus propios miedos, alegrías, pre y pos juicios. El mejor ejemplo de esto es Twin Peaks aquella serie más que de culto que hizo desvariar a quienes la vieron en televisión cuando nada tan inteligente se había mostrado antes por televisión. Aquella serie, tan extraña, tan provocadora es, sin lugar a duda alguna, el origen del tipo de series que dan que hablar hoy.

En más de alguna ocasión he comentado que las obras de arte que más estimo son aquellas que me hacen sentir cosas. Entiendo poco acerca de lo que se pone de moda y me estremezco en silencio ante lo obviado, ante aquello de lo que en realidad muy poco se habla hasta que viene al caso hablar un poco para no caer en insensibilidad artística. La obra de David Lynch es sensible en el buen sentido de la palabra. Es la de él una sensibilidad onírica, muy difícil de clasificar y evidentemente poco comercial. El tipo fue venerado en vida por dioses del entretenimiento (un poco como Akira Kurosawa) que chochearon por tener la posibilidad de incluirlo en alguno de sus proyectos. Si dijésemos que sólo el cine o la televisión se beneficio de las ideas de este inimitable artista cometeríamos un erros por que hasta en el mundo de los vídeo juegos podemos encontrar pedazos no menores de los sueños y las pesadillas que David Lynch tuvo la tremenda generosidad de compartir con quienes, como él, no sintieron nunca vergüenza de ser unos sentimentales.       

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