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Empezar un nuevo año

Empezar un nuevo año; proponerse otra vez hacer bien aquellas cosas que inevitablemente hacemos mal. Celebrar sin tener del todo claro qué es lo que tenemos que celebrar. Buscar la compañía de otros sin haber, aún, aprendido a convivir con nosotros mismos. Hay quienes esperan estas fechas en las que tienen permiso para celebrar cuando podrían celebrar la alegría de estar vivos cualquier mañana en la que se propusieran empezar un nuevo año. 

No todos los inicios de años son iguales. Los pueblos prehispánicos tenían otras fechas; hace treinta años la televisión tenía programas especiales en que incontables rostros fingían que esperaban la llegada del nuevo año en lujosos hoteles mientras no pocas familias, en las poblaciones, compartían aquella fiesta mirando la pantalla del televisor encendido en no pocas de las casas de las poblaciones. Este inicio de nuevo año no hay rostros en los canales de televisión, tampoco hay mucho que celebrar en las poblaciones.

La gente celebra porque les dicen que es tiempo de celebrar. Trabaja cuando les dicen que es tiempo de trabajar y rara vez pone atención cuando es momento de despertar. Despertar de verdad; no esa cuestión de creer que pueden decir las cosas a través de redes sociales que dicen en realidad tan poco. La gente sueña poco y es por eso que necesita tan rabiosamente celebrar. Emborracharse, comer y abrazarse con quienes podría abrazarse todos los días. Sé muy bien que existen personas que se abrazan todos los días. Personas que se emborrachan y comparten un plato de comida con quienes aprecian muchos días al año.

Empezar un nuevo año; dejar pasar una vez más las pocas estaciones que nos van quedando. Añorar aquellas vacaciones que en realidad reponen muy poco pero dan tema para las sobremesas del resto de las semanas en que nos sentimos tan poco. Para acordarse que no estuvimos siempre encadenados a los molestos ruidos de quienes dicen tan poco, al frio de los que viven para intentar vivir en la vida de los otros. Qué puede importar cómo viste o en lo que puedan creer los otros. Qué puede importar que la televisión continúe deprimiendo y resintiendo a quienes le prestan atención cada mañana o cada noche del año en que otra vez leyeron demasiado poco.

Quiero desear que quienes leen puedan al menos hacer bien una de las cosas que se han propuesto para este nuevo año. Deseo que aunque sea uno solo de sus sueños pueda ser hecho, acto concreto de alegría auto proclamada. Que podamos estar tan ocupados en devolver las buenas cosas que recibimos que nos quede muy poco tiempo para perderlo pensando que nada tenemos que celebrar. Me gustaría que mucha más gente pudiese perderse en la música que llevamos por dentro. Esa música que es muy difícil que puedan escuchar los otros si no nos animamos a sonreír más. Es cada vez más la agresividad que nos ha manchado cuando terminan los años que por qué no intentar ser un poco más amables ahora que podemos empezar de nuevo.

Cualquier día o noche podemos empezar de nuevo; a ver si este nuevo día hacemos el intento de empezar cada día de nuevo. No cabe duda que nacimos para equivocarnos, pero también nacimos para empezar de nuevo cuantas veces consideremos que es necesario. Nada ni nadie puede arruinarnos la fiesta que va con nosotros esperando ser compartida más en los detalles que en el estridente ruido que no nos deja escucharnos o en las luces que no buscan otra cosa que impedirnos ver.   

    

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