Demoré en ver por primera vez este documental que dio mucho de qué hablar a partir de su aparición (y eso que la directora, al parecer, evitó todo cuánto pudo caer en algún tipo de sensacionalismo). Más cercano al intelecto de la supuestamente homenajeada en el documental, había dedicado el tiempo principalmente a su producción escrita en torno a temas tanto sociales como de defensa de las minorías (mujeres, niños e indígenas; en ese orden). Fue en la página de una municipalidad esa primera vez que lo vi. Sabía de antemano que el posible propósito de la directora, María Elena Wood, era presentarnos, mediante su relación con la más reconocida de sus albaceas, Doris Dana, a una Gabriela Mistral mucho más cercana. A mi entender es muy poco lo que lo logra, si es que ese era en verdad su propósito. Lo que se logra es empatizar con una completa extraña, Doris Atkinson sobrina y heredera de Doris Dana. A ella le cae en azar tener que cumplir con un deber familiar que claramente le supera. Su tía sólo se dedicó a juntar cosas de Gabriela Mistral, cosas con mayor o menor interés con las cuales hizo planes pero nunca hizo nada. La bella y sonriente imagen de Doris Dana (sobre todo en las fotografías) literalmente se roba la película. Las grabaciones que de seguro buscaban registrar esas conversaciones que escuchamos a lo largo del documental con la finalidad de rescatar algo de lo que inevitablemente le arrebataría la cercana muerte del ser muy posiblemente amado poco es lo que aportan. Gabriela Mistral aparece en esas grabaciones como un personaje secundario. Oírla intentando cantar canciones mexicanas de amor no termina por constituir nada que no sepamos quienes algo de interés hemos tenido acerca de la mujer por tantos años sepultada bajo la conservadora imagen de la maestra rural que devino en trágica madre tras aquella injusta perdida que ya conocemos todos. El montaje de parte de las cartas que Gabriela y Doris Dana se mandaban insinúa pero no dice, la libretita en donde jugaban a escribirse mensajes subidos de tono algo más dice pero finalmente es bien poco lo que se saca en limpio de las supuestas locas mujeres. Un enorme montón de cajas, carpetas, grabaciones y papeles que apesadumbraban a una mujer norteamericana que tuvo una vez una tía que fue muy cercana a una de las más grandes intelectuales del continente americano. La apesadumbrada sobrina termina siendo mucho más protagonista que la tía que pocas veces dejaba de sonreírle a la cámara, la gran intelectual termina por ser una señora entrada en años aparentemente enamorada y consentida. Volví a ver una segunda vez el documental para escribir este comentario y no deje de tener la sensación de que algunos de los libros que se han escrito sobre las cartas de Gabriela Mistral le hacen mucha más justicia a esta historia de amor o mutua compañía de la que, tal vez, esperábamos encontrar cuando nos animamos a mirar este documental.
T enía muy claro que la persona por la que votaba muy rara vez ganaba. Entendía demasiado bien que la democracia nunca fue el poder de ningún pueblo y que era más bien el gobierno de los consensos. Aún así fue a votar como siempre. Se levantó temprano, se bañó con agua caliente porque hacía frío y no parecía que fuera día como para descuidarse. Tomó desayuno viendo cómo una vez más los medios de comunicación presentaban una cobertura intencionada de la jornada. No se puede esperar ganar en un país como este; pero igual soñaba. Soñaba como llevándose la contra, intentando aferrarse a aquella última esperanza que sabía que se perdió. Contaba con la tranquilidad de la jornada; no por nada se hablaba tanto de lo desordenado que estaba el país. No por nada la culpa era siempre de los que pensaban distinto. Por eso era, quizás, que hace años que ya no pensaba, únicamente sentía lo que su corazón le decía. Ridículamente, porque sabía muy bien que el corazón no hablaba; que era la conven...

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