Ir al contenido principal

Historia de la fealdad

En mi equivocada memoria, este libro era más antiguo. Recordé haberlo visto cuando era niño. Pensé, seguro, que no podía ser otra cosa que un adolescente ansioso por hurgar (con cierto morbo, debo reconocerlo) en una compilación de obras de arte que en modo alguno estaba al alcance de mi bolsillo.

El libro apareció el año 2007 de la era cristiana; tres años después de otro libro que para mí era posterior porque supe de él después. La Historia de la belleza no me parecía estimulante y al parecer a quienes supieron del libro, cuando yo había cumplido los treinta años. En cambio, una Historia de la fealdad me parecía (y me parece, al momento en que escribo esto) mucho más estimulante.

Este año, ya cumplido los cincuenta y uno encontré una copia bastante bien cuidada del libro en el persa en donde recurrentemente encuentro tesoros, que pensaba, había olvidado. El precio me pareció accesible y la emoción me hizo omitir que había sido arrancada una hoja del libro y que en su lugar había un adhesivo sin usar cantando loas a cierto dictador que perfectamente podría ser incluido en una historia de la fealdad política; pero eso dependiendo de la visión y la historia de cada uno de los lectores.

Umberto Eco contextualiza lo enigmático, el magnetismo de aquello que alguna vez fue considerado feo involucrando, de una manera mucho más estimulante, a quien lo lee. Una impagable colección de réplicas del arte que hacen del libro un objeto de arte por si mismo; tengo entendido que el primer libro también es muy hermoso ¿pero no es acaso más estimulante encontrar belleza en lo que los usos sociales han determinado que es feo). Quince capítulos que van desde la fealdad según los griegos a la fealdad según los prejuicios de quienes se atreven a pasar por alto la empatía por aquellos que dedican una vida entera a aquellos que la sociedad considera feos o defectuosos, que es una manera de tratar a ciertas personas que no está tan alejada de la civilización europea y de las tierras que alguna vez fueron sus colonias.     
 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Felicidad o tristeza

U na persona me ha contado más de un vez que le da un poco de pudor contar que es feliz. Compartir lo bien que le van las cosas porque dice que las personas que la rodean... parece que se enojan cuando uno está bien.   Me ha dado no poco que pensar esta forma de ver el asunto. Cuando viví los lejanos años de la tristeza, nunca me planteé el influir con mi estado anímico a los otros; parecido me pasa ahora que sé a ciencia cierta que mi paz no contagia a aquellos que quieren vivir en guerra. Entonces pienso, y así se lo he manifestado a esta persona que cree que su felicidad afecta a quienes le rodean, que poco importa lo que se quiera compartir cuando no existe por parte de las personas voluntad de recibir. He sido testigo de cómo la profunda depresión de una persona es incapaz de remover en el más mínimo aspecto la necedad de quienes se obligan a ser felices porque creen que es de buena educación no andar ventilando lo que uno siente. Es decir que socialmente nos hemos a...

Perros ovejeros y coyotes

D e un tiempo a esta parte cada vez que hay elecciones me siento un tanto aislado. De ninguna forma soy de aquellos que pregonan que no les interesa la política, ni pretendo dármelas de elegido que disfruta el jactarse de que no existe nadie ni nada que lo identifique. Al contrario, me complica de sobre manera y hasta me preocupa no ser ya capaz de ver alguna diferencia entre los políticos. Ellos se supone que piensan distinto pero al momento de gobernar se parecen demasiado. Discuten de vez en cuando acaloradamente en el Congreso, se insultan y a veces hasta pierden su supuesta compostura y hasta se dan de golpes...pero cuando no los estamos viendo, cuando comparan las ganancias de sus repentinamente pujantes negocios, a la hora del café, en el almuerzo e incluso minutos antes de entrar o salir del trabajo es muy poco lo que los separa. Recordé aquella serie de dibujos animados que nosotros veíamos en Latinoamérica en los años ochenta que se llama ...

La escritura

M e gustaba mucho dibujar así que no deja de ser extraño que, en la clase de arte en el liceo, estuviese poco atento a las instrucciones del profesor. Pero aquella mañana estaba muy poco atento. El profesor lo notó, al acercarse a mi mesa se dio cuenta que en vez de estar dibujando yo estaba escribiendo en una hoja. Una vez que él hubo terminado de dar las explicaciones con respecto al trabajo que debía yo de estar haciendo, me pidió la hoja que había estado escribiendo para poderla de leer. Tras terminar la lectura me miró comprensivamente, me invitó a retomar el dibujo y terminada la clase se mostró muy interesado por lo que había leído. Le conté que quería escribir un libro y que aquello que él había leído era una parte importante de la idea principal. Le pedí disculpas y él, tremendamente comprensivo, me dijo que no había problema. Me pidió que cuando terminara el libro me acordará de guardarle una copia. Días después me regalo una croquera para que yo no tuviese que andar escribie...