La historia de Julio Blanco es la que nos convoca. Dueño de una empresa de balanzas que asegura que su empresa es una familia. Sin embargo, tenemos la posibilidad de ver, como comenté antes, que lo que dice y hace el distinguido padre de familia (es sorprendente que la relación para muchos y muchas aun sea verdadera en muchas empresas del mundo) va cambiando a medida que las cosas no salen cómo el buen patrón espera que salgan. Es comedia negra, no cabe duda, pero a la vez es constancia de la relación que establecen no pocos de las caras de las empresas del mundo. En pleno siglo XXI puede que la cosa no sea tan distinta de cómo era hace un tiempo atrás.
La religión, lo políticamente correcto y la mentalidad corporativa le han entregado ciertos matices a la relación laboral que existe entre patrones y empleados; todas expuestas de muy acertada manera en esta historia que se va volviendo cada vez más turbia. Eso sí, los personajes femeninos quedan al debe. Son estereotipos (¿será que el mundo empresarial tiene poco margen de desarrollo para sus integrantes femeninas?, yo no lo creo). La corrupción tan típicamente retratada en películas como esta no queda debiendo a nadie y las historias de amor al prójimo dan en qué pensar, aun sabiendo que transitamos tiempos en que ponerse del lado de los vilipendiados es considerado una peste que se debe denunciar. Dos horas de entretención garantizadas para cualquiera que no tenga problemas para recordar que, como aseguraba Honore de Balzac: Detrás de cada gran fortuna hay un crimen.




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