Ir al contenido principal

Matar a un ruiseñor (1962)

Matar a un ruiseñor es una de aquellas películas que debe ser vista en familia. Basada en el libro de la escritora Harper Lee que solo el año anterior había ganado el premio Pulitzer; es la entrañable historia de un padre contada a través de los ojos de su hija. Atticus Finch (Magistral Gregory Peck) es un abogado que ejerce en un rural pueblo del sur de los Estados Unidos (Alabama) durante los años de la gran depresión. Sus vecinos; quienes siempre le respetaron y valoraron se ven divididos cuando Atticus decide defender a un campesino negro acusado de violar a una mujer blanca. 

La película es entrañable en todos sus aspectos; la forma en que se nos cuenta la historia; la hija ya adulta recuerda aquellos años en que creció junto a su hermano y a su padre. Nos cuenta como su padre les enseñó valores que le acompañarían durante toda su vida, lo difícil que puede ser a veces no renunciar a lo que se cree y que; definitivamente, no existe mejor época que la de la infancia porque es cuando nos adentramos a las vicisitudes del mundo con una limpieza de espíritu que de adultos es muy difícil conservar. 

Considerada por los entendidos en cine como una de las mejores 25 películas estadounidenses  de la historia; es una obra acerca del odio y los prejuicios raciales que siempre se atesorará. Cuenta con maravillosas actuaciones (donde destaca Mary Badham como la niña a través de la cual presenciamos los hechos), y una más que adecuada adaptación de un libro que ya de por sí era y es una obra de arte. Es en síntesis, una maravillosa adaptación de una historia real basada en los recuerdos de infancia de una escritora. Como agregado, para los cinefilos, la primera aparición en una película de uno de los grandes actores del siglo XX (Robert Duvall).

Una película que querrán ver más de una vez; a sí que hay que comprarla (o conseguirla según los medios tecnológicos actuales) a como de lugar.



 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Felicidad o tristeza

U na persona me ha contado más de un vez que le da un poco de pudor contar que es feliz. Compartir lo bien que le van las cosas porque dice que las personas que la rodean... parece que se enojan cuando uno está bien.   Me ha dado no poco que pensar esta forma de ver el asunto. Cuando viví los lejanos años de la tristeza, nunca me planteé el influir con mi estado anímico a los otros; parecido me pasa ahora que sé a ciencia cierta que mi paz no contagia a aquellos que quieren vivir en guerra. Entonces pienso, y así se lo he manifestado a esta persona que cree que su felicidad afecta a quienes le rodean, que poco importa lo que se quiera compartir cuando no existe por parte de las personas voluntad de recibir. He sido testigo de cómo la profunda depresión de una persona es incapaz de remover en el más mínimo aspecto la necedad de quienes se obligan a ser felices porque creen que es de buena educación no andar ventilando lo que uno siente. Es decir que socialmente nos hemos a...

Una historia democrática

  T enía muy claro que la persona por la que votaba muy rara vez ganaba. Entendía demasiado bien que la democracia nunca fue el poder de ningún pueblo y que era más bien el gobierno de los consensos. Aún así fue a votar como siempre. Se levantó temprano, se bañó con agua caliente porque hacía frío y no parecía que fuera día como para descuidarse. Tomó desayuno viendo cómo una vez más los medios de comunicación presentaban una cobertura intencionada de la jornada. No se puede esperar ganar en un país como este; pero igual soñaba. Soñaba como llevándose la contra, intentando aferrarse a aquella última esperanza que sabía que se perdió. Contaba con la tranquilidad de la jornada; no por nada se hablaba tanto de lo desordenado que estaba el país. No por nada la culpa era siempre de los que pensaban distinto. Por eso era, quizás, que hace años que ya no pensaba, únicamente sentía lo que su corazón le decía. Ridículamente, porque sabía muy bien que el corazón no hablaba; que era la conven...

La vida es una loca de remate

    J usto en la parte de atrás de las casas de la villa a la que habíamos llegado a vivir había un enorme peladero que, antes de ser adecuado para que los hombres de la villa pudiesen jugar fútbol, servía para que cada cierto tiempo se instalaran las carpas de los gitanos y uno que otro circo pobre.     De un circo que se instaló cierta vez trata esto que recuerdo; de su pobre espectáculo, de la gente que conocí allí y del miserable destino de los animales que eran parte del entretenimiento.     A pesar de que las entradas no eran caras, algunos de los niños y niñas no contábamos con las monedas para poder financiarla por lo que nos ofrecimos para ayudar o para llevarles agua desde nuestras casas con la finalidad de conseguir entradas de cortesía que era como le llamaba rimbombantemente el dueño del circo a dejarnos entrar por un acceso reservado a los integrantes del circo (no se imagine para nada una entrada bonita; había que levantar una c...