Hay veces en que un simple paño puede contar mucho sobre un cariño que fue pero que jamás se fue. De aquella breve historia no quedaron cartas, mucho menos fotos (bueno, sí, hay una pero como ellos termino por pasar inadvertida) que evidenciaran lo mucho que se quisieron ni los lugares que frecuentaron. Únicamente estaba el paño; un trozo de un grueso género de color verde con un sobrio diseño bordado en el centro. Él lo usa como individual en la media hora de almuerzo que le conceden en el trabajo donde se conocieron; lo empezó a usar a penas ella se lo regaló y aunque sobre aquel paño tuvieron muy pocos almuerzos juntos, no lo ha dejado de usar jamás...en realidad si lo ha dejado de usar algunas veces; lo ha conservado manchado y doblado en su bolso de la colación durante incluso semanas, aparentemente olvidado como el recuerdo de ella esperando encontrarse con algún momento en que nostálgico de los momentos que vivieron juntos pueda entregarle al paño los cuidados que solía reservar para ella. Él lava el paño con abundante agua tibia y jabón liquido con aroma de manzanillas; limpia con delicadeza aunque decidido las manchas que soledad tras soledad sobre el paño han ido quedando. Cada vez que lo enjuaga y lo tiende al sol se acuerda de la sonrisa de ella. De la sonrisa que en ella era tan pasajera como las traiciones y las preocupaciones que le hacían sombra. Sonríe a su vez él al recordar que ella a pesar de también ir siempre sola es muy dulce y fuerte...piensa que ya no se conocen personas así y perdido en una distancia que parece ser mayor de lo que realmente es, le dedica un último buen deseo a aquella mujer con la que compartió el olvidado encanto de los detalles, y continúa con la limpieza de un lugar que no le pertenece. A ella le debe pasar algo parecido.
U na persona me ha contado más de un vez que le da un poco de pudor contar que es feliz. Compartir lo bien que le van las cosas porque dice que las personas que la rodean... parece que se enojan cuando uno está bien. Me ha dado no poco que pensar esta forma de ver el asunto. Cuando viví los lejanos años de la tristeza, nunca me planteé el influir con mi estado anímico a los otros; parecido me pasa ahora que sé a ciencia cierta que mi paz no contagia a aquellos que quieren vivir en guerra. Entonces pienso, y así se lo he manifestado a esta persona que cree que su felicidad afecta a quienes le rodean, que poco importa lo que se quiera compartir cuando no existe por parte de las personas voluntad de recibir. He sido testigo de cómo la profunda depresión de una persona es incapaz de remover en el más mínimo aspecto la necedad de quienes se obligan a ser felices porque creen que es de buena educación no andar ventilando lo que uno siente. Es decir que socialmente nos hemos a...

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