Me gustaba mucho dibujar así que no deja de ser extraño que, en la clase
de arte en el liceo, estuviese poco atento a las instrucciones del profesor.
Pero aquella mañana estaba muy poco atento. El profesor lo notó, al acercarse a
mi mesa se dio cuenta que en vez de estar dibujando yo estaba escribiendo en
una hoja. Una vez que él hubo terminado de dar las explicaciones con respecto
al trabajo que debía yo de estar haciendo, me pidió la hoja que había estado
escribiendo para poderla de leer. Tras terminar la lectura me miró
comprensivamente, me invitó a retomar el dibujo y terminada la clase se mostró
muy interesado por lo que había leído. Le conté que quería escribir un libro y
que aquello que él había leído era una parte importante de la idea principal. Le
pedí disculpas y él, tremendamente comprensivo, me dijo que no había problema.
Me pidió que cuando terminara el libro me acordará de guardarle una copia. Días
después me regalo una croquera para que yo no tuviese que andar escribiendo mis
ideas en hojas sueltas. La verdad es que desde antes de esto que cuento ya
admiraba mucho a mi profesor de arte; sin embargo, no me gustaba el libro
incluso después de haber terminado el liceo. Un año después lo terminé, pero el
profesor de arte ya no trabajaba en el liceo…a veces me acuerdo que le debo un
libro, siempre me acuerdo que fue el primer adulto con que hablé del arte sin
hacer distinciones.
T enía muy claro que la persona por la que votaba muy rara vez ganaba. Entendía demasiado bien que la democracia nunca fue el poder de ningún pueblo y que era más bien el gobierno de los consensos. Aún así fue a votar como siempre. Se levantó temprano, se bañó con agua caliente porque hacía frío y no parecía que fuera día como para descuidarse. Tomó desayuno viendo cómo una vez más los medios de comunicación presentaban una cobertura intencionada de la jornada. No se puede esperar ganar en un país como este; pero igual soñaba. Soñaba como llevándose la contra, intentando aferrarse a aquella última esperanza que sabía que se perdió. Contaba con la tranquilidad de la jornada; no por nada se hablaba tanto de lo desordenado que estaba el país. No por nada la culpa era siempre de los que pensaban distinto. Por eso era, quizás, que hace años que ya no pensaba, únicamente sentía lo que su corazón le decía. Ridículamente, porque sabía muy bien que el corazón no hablaba; que era la conven...

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