Me gustaba mucho dibujar así que no deja de ser extraño que, en la clase
de arte en el liceo, estuviese poco atento a las instrucciones del profesor.
Pero aquella mañana estaba muy poco atento. El profesor lo notó, al acercarse a
mi mesa se dio cuenta que en vez de estar dibujando yo estaba escribiendo en
una hoja. Una vez que él hubo terminado de dar las explicaciones con respecto
al trabajo que debía yo de estar haciendo, me pidió la hoja que había estado
escribiendo para poderla de leer. Tras terminar la lectura me miró
comprensivamente, me invitó a retomar el dibujo y terminada la clase se mostró
muy interesado por lo que había leído. Le conté que quería escribir un libro y
que aquello que él había leído era una parte importante de la idea principal. Le
pedí disculpas y él, tremendamente comprensivo, me dijo que no había problema.
Me pidió que cuando terminara el libro me acordará de guardarle una copia. Días
después me regalo una croquera para que yo no tuviese que andar escribiendo mis
ideas en hojas sueltas. La verdad es que desde antes de esto que cuento ya
admiraba mucho a mi profesor de arte; sin embargo, no me gustaba el libro
incluso después de haber terminado el liceo. Un año después lo terminé, pero el
profesor de arte ya no trabajaba en el liceo…a veces me acuerdo que le debo un
libro, siempre me acuerdo que fue el primer adulto con que hablé del arte sin
hacer distinciones.
U na persona me ha contado más de un vez que le da un poco de pudor contar que es feliz. Compartir lo bien que le van las cosas porque dice que las personas que la rodean... parece que se enojan cuando uno está bien. Me ha dado no poco que pensar esta forma de ver el asunto. Cuando viví los lejanos años de la tristeza, nunca me planteé el influir con mi estado anímico a los otros; parecido me pasa ahora que sé a ciencia cierta que mi paz no contagia a aquellos que quieren vivir en guerra. Entonces pienso, y así se lo he manifestado a esta persona que cree que su felicidad afecta a quienes le rodean, que poco importa lo que se quiera compartir cuando no existe por parte de las personas voluntad de recibir. He sido testigo de cómo la profunda depresión de una persona es incapaz de remover en el más mínimo aspecto la necedad de quienes se obligan a ser felices porque creen que es de buena educación no andar ventilando lo que uno siente. Es decir que socialmente nos hemos a...

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