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Los revoltosos (III)


Si bien es cierto, la revolución del neolítico fue algo grande porque los seres humanos entendieron que no había necesidad de pasar hambre teniendo la humanidad tantos recursos naturales a su disposición, además de bastas tierras para sembrar, los ríos no tenían dueños todavía y a nadie le hubiese parecido que el agua se pudiese acabar. Grande sin duda, pero no tan grande ni tan importante para el mundo al cual lo conocemos como el momento en que revolucionarios ingleses llegaron a la conclusión de que la fuerza bruta de animales y clases sociales menos privilegiadas podía ser reemplazada por la fuerza de las máquinas.
    El vapor en los motores lo vino a cambiar todo. La productividad de las grandes naciones de Europa se incrementó y las materias primas de África, el centro y el sur de América nunca más les pertenecieron a sus dueños originales. Habría que ver cómo es que la economía, los usos sociales y el trato entre seres humanos cambio al grado de que el mundo que era ya nunca más pudo ser el mismo.
    Sin embargo, la codicia de unos pocos se impuso a aquellos que no podían presumir de tiempo ni cabeza para los estudios, multiplicó la desconfianza entre los poderosos que temían y recelaban del progreso de los otros.
    Pudo ser bueno, pero al igual que durante el neolítico prestamente se levantaron cercas que diferenciaron las tierras de las industrializadas tribus, se condenó a algunos animales a servir de por vida a quienes demostraron ser más que racionales, más bestiales y poderosos en esta revolución industrial que le llamaron. El progreso quedó en las manos de quienes demostraron poder ignorar sus propios escrúpulos. Se convirtió a los que tenían menos en bestias haciéndoles cumplir con inhumanas jornadas de trabajo y como nunca el humano demostró que mientras más bienes tenemos, más es lo que nos diferenciamos.
    Entonces fue que Carlos Marx y Federico Engels hicieron público cierto manifiesto que intentando denunciar la deshumanización de las sociedades burguesas dio inicio a un mundo donde la natural dinámica de las clases sociales no podría ser ya nunca más lo que hasta entonces había sido. “Obreros del mundo únanse…” fue la consigna que en tantos lugares prontamente sería no solo escuchada, sino que, pondría en serios aprietos a quienes por medio de su intelecto y sus ejércitos se habían colocado en la cima de la cadena evolutiva.

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