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Los revoltosos (IV)


Si en Francia se habían revelado los burgueses ¿por qué no se habrían de rebelar en algún lugar del mundo los campesinos? Parecía imposible, pero fue y fue tan grande la rebelión que determinó la historia del siglo que se presume ha sido el siglo más violento desde que se llevan registros de la irracionalidad de la que se supone es la especie racional por excelencia.
    La culpa, algunos dirán, fue de Carlos Marx que había escrito aquello de que la historia del hombre era una historia de lucha de clases y resultó ser tan cierta la cosa que, aprovechando que los soldados del Zar estaban demasiado ocupados en los frentes de batalla de la Primera Guerra Mundial, los bolchevique más resueltos que sus rivales los mencheviques atizaron los antiguos dolores y miserias de los menos privilegiados en una historia de explotación que tenía en Rusia una muestra de lo que ocurría en muchos lugares del mundo. Vladimir Lenin y sus disciplinados revolucionarios barrieron con los vestigios de su propia monarquía. Hubo condenados a muerte y exiliados como ocurre siempre en estos casos pensando en un bien mayor: el fin de la explotación del hombre por el hombre, pero una vez más se enchuecó el devenir de la cosa. Otra vez líderes que se miraban de reojo, la manipulación y el ego que termina siempre por sobreponerse al bienestar de las mayorías en favor de cada vez más pocos.
    Demasiada sangre, demasiado dolor e injusticias le costó a la humanidad esta revolución; no por sus ideas, ni por quienes pretendieron dirigir el mundo nuevo que apenas se insinuó; fue la vanidad, la codicia que es propia de algunos hombres que reinan o gobiernan según sus propios pareceres y caprichos la que de tiempo en tiempo cobra en dolor y sangre el progreso de la humanidad. Se impone reconocer que de no haber sido revoluciones como ésta y otras que he nombrado, el mundo que habitamos hoy no podría de modo alguno ser el mundo que es. Aquellos que a partir de entonces quisieron ser y fueron los adalides del mundo libre tuvieron que reconocer la perenne existencia de clases sociales, las miserias e injusticias a la que en nombre de un mañana mejor, ya sea en la tierra o en cualquier tipo de paraíso, se somete a quienes sobrevivieron y sobreviven con migajas de eso que llaman cultura y educación.



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