Ir al contenido principal

Mentiras y discusiones sobre los fondo de pensiones

Hace muchos años ya que aquellos que trabajamos en nuestro pueblo chico nos vimos obligados a destinar un diez por ciento de nuestros sueldos (o salarios, en la mayoría de los casos) para un fondo que, según los que saben, nos permitiría vivir con cierta dignidad en la vejez. Eso de que saben lo escribo porque para la mayoría en este pequeño lugar que desde siempre presumió o se lamento, según fuera el caso, de estar tan apartado de los otros pueblos, los que saben son aquellos que tienen dinero. Extraña e inexplicada fascinación tuvieron y tienen las mayorías con el dinero y todo aquello que el metal o el papel legalizado otorga a quién lo ostenta. Pues bien; ellos...los que ostentan el dinero y los estudios sobre como administrar el dinero dijeron hace como cuarenta años que si los trabajadores les dábamos una parte de lo que ganábamos, ellos lo invertirían para multiplicar nuestros ahorros. Dijo por entonces un señor economista que también era ministro y hermano del que hoy gobierna en nuestro pueblo chico que al cabo de estas cuatro décadas quienes hubiesen sido muy obedientes además de ordenados con respecto a sus imposiciones (quienes desprecian a los ladrones de zapatilla y respetan a los ladrones de corbata les siguen llamando ahorros) tendrían acceso a pensiones proporcionales al setenta por ciento de su último sueldo. Más allá de la ignorancia en temas de hacerse ricos a la que estamos condenados los que formamos parte de la inmensa mayoría, algo no va bien con las cuentas. Lo que reciben nuestros ancianos en el mejor de los casos equivale al treinta y cinco por ciento de lo que ganaban cuando eran fuerza activa de trabajo.

Hay quien yo admiro y respeto que escribió un muy buen libro que titulo Mitos y verdades de las AFP, la palabra mito es la que no me acomoda, aunque entiendo que las mentiras también pueden entenderse como mitos. Es que para mí los mitos tienen cierto encanto que las mentiras no tienen; más allá de aquella muy pequeña diferencia en los conceptos, celebro e invito a leer el libro de Alejandra Matus a quienes no lo hayan leído. El hecho es que hoy se discute en el congreso el derecho de quienes ganaron con su trabajo el dinero que otros han usado para enriquecerse y enriquecer las arcas aquellos que administran el poder en su acepción puramente política. Llegado aquí es necesario hacer notar que quienes han alcanzado aquella mezquina cuota de poder que otorga la política no han hecho mucho por sacrificar a aquella coqueta gallinita de los huevos de oro que son los fondos de pensiones y ahora harán creer una vez más a quienes los eligen, porque logran ver entre ellos alguna diferencia, que les importa legislar en beneficio de esa inmensa mayoría que cuando trabaja no tiene ni el tiempo ni la preparación para ponerse a sacar cuentas alegres.

Ya he dicho antes que hay muchas cosas que no entiendo, tal vez sea prudente agregar que de un tiempo a esta parte me he ido ablandando con respecto a imponerles a otros mis ideas; pero hay algo que no puedo dejar de hacer y eso es pensar...reflexionar sobre cómo es que renunciar a la soberanía del pueblo en beneficio de una pujante economía nos ha convertido en lo que somos, en cómo algunos administradores de los pueblos vecinos consideraron este modelo de pensiones una maravilla y cómo es que se sigue discutiendo a quién le pertenece el dinero que la gente ha ganado con el sudor de su frente. Puede ser que la única verdad esgrimida por aquellos que se enriquecen a la vez que administran el dinero de otros sea que nuestras esperanzas de vida se han incrementado gracias a las buenas políticas de la salud pública (un tema en el que por ahora es mejor no pensar) y que por eso las pensiones de los jubilados otorgan más pena que jubilo. Puede ser, es un hecho innegable que vivimos más que hace cuarenta años lo que no debiese ser un problema si los fondos de toda una vida estuvieran en las manos donde debieron siempre estar.




Comentarios

Entradas populares de este blog

Felicidad o tristeza

U na persona me ha contado más de un vez que le da un poco de pudor contar que es feliz. Compartir lo bien que le van las cosas porque dice que las personas que la rodean... parece que se enojan cuando uno está bien.   Me ha dado no poco que pensar esta forma de ver el asunto. Cuando viví los lejanos años de la tristeza, nunca me planteé el influir con mi estado anímico a los otros; parecido me pasa ahora que sé a ciencia cierta que mi paz no contagia a aquellos que quieren vivir en guerra. Entonces pienso, y así se lo he manifestado a esta persona que cree que su felicidad afecta a quienes le rodean, que poco importa lo que se quiera compartir cuando no existe por parte de las personas voluntad de recibir. He sido testigo de cómo la profunda depresión de una persona es incapaz de remover en el más mínimo aspecto la necedad de quienes se obligan a ser felices porque creen que es de buena educación no andar ventilando lo que uno siente. Es decir que socialmente nos hemos a...

Perros ovejeros y coyotes

D e un tiempo a esta parte cada vez que hay elecciones me siento un tanto aislado. De ninguna forma soy de aquellos que pregonan que no les interesa la política, ni pretendo dármelas de elegido que disfruta el jactarse de que no existe nadie ni nada que lo identifique. Al contrario, me complica de sobre manera y hasta me preocupa no ser ya capaz de ver alguna diferencia entre los políticos. Ellos se supone que piensan distinto pero al momento de gobernar se parecen demasiado. Discuten de vez en cuando acaloradamente en el Congreso, se insultan y a veces hasta pierden su supuesta compostura y hasta se dan de golpes...pero cuando no los estamos viendo, cuando comparan las ganancias de sus repentinamente pujantes negocios, a la hora del café, en el almuerzo e incluso minutos antes de entrar o salir del trabajo es muy poco lo que los separa. Recordé aquella serie de dibujos animados que nosotros veíamos en Latinoamérica en los años ochenta que se llama ...

La escritura

M e gustaba mucho dibujar así que no deja de ser extraño que, en la clase de arte en el liceo, estuviese poco atento a las instrucciones del profesor. Pero aquella mañana estaba muy poco atento. El profesor lo notó, al acercarse a mi mesa se dio cuenta que en vez de estar dibujando yo estaba escribiendo en una hoja. Una vez que él hubo terminado de dar las explicaciones con respecto al trabajo que debía yo de estar haciendo, me pidió la hoja que había estado escribiendo para poderla de leer. Tras terminar la lectura me miró comprensivamente, me invitó a retomar el dibujo y terminada la clase se mostró muy interesado por lo que había leído. Le conté que quería escribir un libro y que aquello que él había leído era una parte importante de la idea principal. Le pedí disculpas y él, tremendamente comprensivo, me dijo que no había problema. Me pidió que cuando terminara el libro me acordará de guardarle una copia. Días después me regalo una croquera para que yo no tuviese que andar escribie...