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Lucha libre (III y IV)

 III

    El estadio estaba repleto, la algarabía del público era cosa difícil de silenciar, las tribunas abarrotadas de manera que los periodistas en evento alguno las habían visto. Fue la salida de los luchadores, debido a la expectación, la que trajo consigo algunos contados segundos de silencio. Miles de ojos se posaron sobre el trabajado cuerpo del Oso Boris que trotaba rumbo a su esquina; la multitud afín al luchador comenzó a gritar su nombre, el retador a nadie quiso mirar, concentrado, decidido como nunca esperó el momento de su esperada revancha.

    Cuando apareció Furia Alegre en la alfombra que llegaba hasta su esquina, su propia multitud grito vuelta loca, emocionada ante el brillo de aquellos grandes y profundos ojos que parecían mirarlos de uno en uno. La campeona rió como siempre que los ojos del público o alguna cámara le observaba; se posó como bailando en su esquina y tentó algo así como un saludo para su contendor que ni siquiera la miró; parecía no tener otra cosa que pulmones para bufar.

    El réferi dio las instrucciones por darlas no más pues sabía que esta vez la cosa era de vida o muerte. La campana sonó decretando que la lucha por la revancha en la obtención del título por fin había comenzado.

    Las fuertes manos del Oso aprisionaron rudamente el pequeño cuerpo de Furia que se retorcía de risa, porque hasta la cercanía de aquellas manos le provocaban cosquillas. La niña probó una llave que nunca había intentado dando con el cuerpo de su rival y el de ella misma en la lona que estaba más blandita que nunca. Boris pareció recordar que acercar las manos al cuello es fatal cuando se trata de la sucia técnica de las cosquillas por lo que liberó una de sus manos e inclemente se propuso reducir a la odiosa chiquilla. Furia que muy bien sabía que así no podía, le soltó y corrió por el ring para alcanzar a coger uno de aquellos sacos de plumas que tanto le resultaban en sus combates.

    Rápidamente el Oso Boris se lanzó contra su enemiga (no por nada recordaba que aquella técnica de combate le había despojado la vez anterior del triunfo), alcanzó a agarrar una de las pequeñas piernecitas de Furia que retorciéndose de risa pidió piedad ante la evidente posibilidad de ser derrotada. Los años, la soledad y la rabia del Oso se vieron reflejada en la profunda belleza de aquellos ojos que le miraban; entonces supo que hiciese lo que hiciese estaba destinado a ser derrotado.

 

IV

La muchacha rápidamente se desligó de aquella fuerte mano que le sujetaba una de sus piernecitas; aprovechó el impulso para caer sobre la espalda del Oso, se afirmó con todas sus casi inexistentes fuerzas intentando inmovilizar a su enemigo. Boris no hallaba el modo de quitarse aquella especie de mariquita que se le había fundido a la espalda; daba manotazos en el aire y nada. Tuvo que lanzarse contra una de las equinas del ring para poder al menos aturdirla, pero la niña era rápida a la vez que deliciosa.

    Cayó rendido a la lona, parecía no respirar más. El estadio se sumió en un profundo silencio, las cámaras buscaban los mejores ángulos y el relato de los especialistas no halló que canijos decir. Furia cuidadosamente soltó el desfallecido cuerpo de su contendor, acercó su carita a la de él para saber si es que estaba bien… y entonces el Oso Boris se reincorporó atrapándola de la cintura y dándole un atrevido mordisco en la pancita. La risa debido a aquella artera técnica de la lucha sucia era insoportable; Boris no le soltó hasta estar bien seguro que la ricura se daba por vencida.

    El réferi se acercó para dar fe de que la niña finalmente había sido derrotada, se aseguró muy bien de ver el bracito levantado que aseguraba que la luchadora se había dado por vencida y cuando estuvo seguro, pidió a los luchadores que se separaran y entonces levantó el brazo derecho de Boris proclamando que nuevamente era el campeón de la liga.

    Los diarios de esto hicieron una verdadera fiesta; una vez más era la tradición la que prevalecía; las sociólogas intentaron explicar cómo era que tan brutales peleas seguían siendo permitidas, las funcionarias del servicio de menores y de ancianos no pudieron nunca ponerse de acuerdo y la opinión del público estaba dividida como nunca.

    Para el Oso Boris y para Furia Alegre todo aquello parecía no tener sentido alguno. Se dice que en una entrevista que nunca se publicó, Furia Alegre reconocía que había estado, desde siempre, enamorada del Oso Boris. Del Oso no hubo entonces y no hay, al día de hoy, declaraciones - hace mucho tiempo que el oso no habla con los medios - mucho menos ahora que se dice que ha decidido, sin que lo entienda nadie, no volver a pelear nunca. 

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