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Cien niños esperando un tren

Fue una nota en un diario la que trajo de vuelta un caudal de sensaciones que, confundidas con tantas que me dan sustento, había creído, pertenecían a la película Cinema Paradiso de Giuseppe Tornatore...pero no, eran de fines de los años ochenta que fue la primera vez que vi este documental de Ignacio Agüero, que resultó que a mediados de los años noventas del siglo pasado (qué divertido es escribir del pasado reciente como si fuera un pasado distante, esto le sucede, al parecer, a la mayoría de las personas que recuerdan la pobreza a la que nos podemos asomar en las entrañables imágenes como a un sueño con un país diferente que sin embargo, no siempre es) vivía muy cerca de la casa de mi mamá.

Podría aquí quedarme atrapado en el cine del director de este documental que es bello, poético y contingente como la gran mayoría de su obra, contar que no pocas veces pensé decir aló en la entrada de su puerta para decirle que lo admiraba (y lo admiro) y no lo hice como nunca le dije que admiraba a muchos con los que me topé en ese largo caminar que fue mi juventud. Pero me voy a focalizar en el documental que era y es uno de mis favoritos. Descubrí mirándolo esta vez que, de algún modo, quise ser profesor para hacer aquello que en el documental ( ya lo largo de muchos muchos años y en muchas partes llevó a cabo, hasta que se le acabaron los recursos económicos) hace la maestra Alicia Vega

Podemos ver rostros sorprendidos, el constructivo desorden de los que recrean guiados por un espíritu verdaderamente pedagógico. Vemos (y reímos) cuando algunos niños bailan espontáneamente al escuchar seguro por primera vez un violín, presenciamos su particular disciplina al desarrollar las diversas manualidades que buscan enseñarles haciendo como eran los primeros inventos que anunciaron al cine antes de serlo. De eso va el documental, de ochenta niños que en una iglesia de su población asisten a un taller de cine. La mayoría de ellos y ellas no han visitado nunca un cine y por primera vez tienen acceso a la magia que a gran parte de ellos y ellas le ha sido hasta entonces ocultada.

Es un país de otro tiempo en el buen y en el mañoso sentido de la palabra. Escuchamos a una madre decir que sus hijos no son tan tontos cómo creía, a un padre decir que no entiende nada de lo que sus hijas le dicen cuando vuelven del taller pero que sin embargo las escucha. Los participantes del taller son niños que venden artículos de limpieza para zapatos en la feria, niñas que recogen cartones y una que otra cosa que puede ser vendida para comprar parte de lo mucho que les falta, niños que quieren ser milicos aunque intuyen que algo no anda bien con las fuerzas del orden tras ver imágenes documentales de una protesta. Inocencia y realismo puro, un documento histórico de aquellos que cualquiera puede ver en el momento que quiera gracias a las tecnologías audio-visuales a las que tenemos en el país de este tiempo.






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