Ir al contenido principal

La sombra del viento

Andan hartos libros de misterio de este tipo dando vueltas. Mi primer acercamiento fue el libro El Señor Penumbra y su librería 24 horas abierta del norteamericano Robin Sloan. Disfruté mucho ese libro pero al parecer ningún libro de este tipo ha vendido más que La sombra del viento, de español Carlos Ruiz Zafón. Me lo recomendó un joven doctor que al parecer era un lector en secreto ya que una de las enfermera que le asistía pareció exageradamente sorprendida al enterarse que el galeno leía a Fedor Dostoievski. No tardé mucho en leer el libro y me pareció muy entretenido. Es el comienzo de una tetralogía de la acabo de leer el segundo libro: El juego del ángel; que ya no me pareció tan sorprendente como el primero.

La historia va de un niño que se hace hombre obsesionado por las obras de un autor misterioso del cual alguien está quemando todas las ediciones de sus libros. El libro que da titulo a la novela y que obsesiona al protagonista con la obra del misterioso autor se llama La sombra del viento y el protagonista del libro lo encontró en un lugar que se conoce como El cementerio de los libros olvidados; lugar que su padre, el dueño de una librería, conocía y al cual lo llevó. La investigación se va volviendo ante los ansiosos ojos que leen de una historia de misterio a una historia de amores desafortunados y de crímenes que pueden llegar a alcanzar al protagonista que página a página se va acercando a un final muy sorprendente.

La verdad es que no tengo mayor interés por los libros que se vuelven superventas pero tengo que confesar que libros como los que en esta entrada comento pueden hacer bastante entretenidas aquellas lecturas veraniegas. Comenté que ya había leído el segundo libro y tengo serios planes de leer, en un futuro no demasiado lejano los otros dos libros de la saga. Entretención al menos no me ha de faltar y no siempre uno cuenta con tiempo suficiente como para volver a leer a Fedor Dostoievski.     

Comentarios

Entradas populares de este blog

Felicidad o tristeza

U na persona me ha contado más de un vez que le da un poco de pudor contar que es feliz. Compartir lo bien que le van las cosas porque dice que las personas que la rodean... parece que se enojan cuando uno está bien.   Me ha dado no poco que pensar esta forma de ver el asunto. Cuando viví los lejanos años de la tristeza, nunca me planteé el influir con mi estado anímico a los otros; parecido me pasa ahora que sé a ciencia cierta que mi paz no contagia a aquellos que quieren vivir en guerra. Entonces pienso, y así se lo he manifestado a esta persona que cree que su felicidad afecta a quienes le rodean, que poco importa lo que se quiera compartir cuando no existe por parte de las personas voluntad de recibir. He sido testigo de cómo la profunda depresión de una persona es incapaz de remover en el más mínimo aspecto la necedad de quienes se obligan a ser felices porque creen que es de buena educación no andar ventilando lo que uno siente. Es decir que socialmente nos hemos a...

Una historia democrática

  T enía muy claro que la persona por la que votaba muy rara vez ganaba. Entendía demasiado bien que la democracia nunca fue el poder de ningún pueblo y que era más bien el gobierno de los consensos. Aún así fue a votar como siempre. Se levantó temprano, se bañó con agua caliente porque hacía frío y no parecía que fuera día como para descuidarse. Tomó desayuno viendo cómo una vez más los medios de comunicación presentaban una cobertura intencionada de la jornada. No se puede esperar ganar en un país como este; pero igual soñaba. Soñaba como llevándose la contra, intentando aferrarse a aquella última esperanza que sabía que se perdió. Contaba con la tranquilidad de la jornada; no por nada se hablaba tanto de lo desordenado que estaba el país. No por nada la culpa era siempre de los que pensaban distinto. Por eso era, quizás, que hace años que ya no pensaba, únicamente sentía lo que su corazón le decía. Ridículamente, porque sabía muy bien que el corazón no hablaba; que era la conven...

La vida es una loca de remate

    J usto en la parte de atrás de las casas de la villa a la que habíamos llegado a vivir había un enorme peladero que, antes de ser adecuado para que los hombres de la villa pudiesen jugar fútbol, servía para que cada cierto tiempo se instalaran las carpas de los gitanos y uno que otro circo pobre.     De un circo que se instaló cierta vez trata esto que recuerdo; de su pobre espectáculo, de la gente que conocí allí y del miserable destino de los animales que eran parte del entretenimiento.     A pesar de que las entradas no eran caras, algunos de los niños y niñas no contábamos con las monedas para poder financiarla por lo que nos ofrecimos para ayudar o para llevarles agua desde nuestras casas con la finalidad de conseguir entradas de cortesía que era como le llamaba rimbombantemente el dueño del circo a dejarnos entrar por un acceso reservado a los integrantes del circo (no se imagine para nada una entrada bonita; había que levantar una c...