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La lectura (IX)

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La lectura es peligrosa porque no ha de faltar la gente que crea que aquello que dicen los libros puede y debe ser posible.

    Porque aún no existe mejor antídoto contra la ignorancia. Quien lee piensa y quien piensa, es natural que actúe; que algo ya no sea igual a como era antes de la lectura.

    Aquello que dicen los libros fecunda ideas…si acertadas o equivocadas, es solo el tiempo quien lo puede decir.

    Quien puede parir ideas difícilmente puede permanecer callado ante lo que considera injusto.


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    Quien lee va muy lejos, aunque en un parque, un patio o en una celda lea. Le es imposible retener eso que hace años llamamos imaginación. Puede soñar o divagar con innegable felicidad. Vivir su vida y a la vez muchas otras vidas sea cierto o mentira la reencarnación. Encontrar las palabras de amor que sabía tenía que decir, pero no las hallaba en ninguna parte. Recobrar la memoria que había perdido o que le habían hecho perder.

    Aquel que lee no permanece del todo condenado cuando ha sido condenado. La lectura abre celdas y calabozos para que pueda ir y venir el pensamiento. Otorga llaves que permiten salir a los sentimientos que sin entender muy bien por qué, no pocas veces confinamos.  


***

    Los libros de los filósofos griegos, de los instigadores franceses e italianos del siglo de las luces, los de los espesos rusos de la revolución de octubre y los de los idealistas ingleses y norteamericanos fueron en mi adolescencia un abundante caudal que me impidió adolecer de ideas, sueños y convicciones.
    Todo cuanto viví, todo cuanto soñé brotó entre las páginas de aquellos libros que me explicaron el caos y la incertidumbre. Aprendí mucho de los malos libros, desconfié siempre de las letras sagradas y nunca fui más libre que al leer un libro.
    La lectura me confió un secreto que se llama futuro…es por eso que nunca tuve miedo de ser pobre.

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