Federico Engels era hijo de un muy importante empresario; Carlos Marx, por su filosofía de vida, pasaba y hacía pasar a su familia una que otra pellejería pero pobre no era; ambos pretendían dejar su nombre impreso en los anales de la Historia de Las Ideas como visionarios en el campo de la economía en particular y de la filosofía en general. Redactaron miles de hojas con ideas que serían interpretadas y puestas en práctica de maneras idiotas por otros, que sin ser pobres tampoco, las ampliaron, modificaron y manipularon a su entero gusto. Al igual que en la Revolución Francesa quienes tenían o se daban el tiempo para leer o pensar en estas emancipadoras ideas no eran obreros preocupados por sobrevivir, eran hombres con ambiciones pues ambicioso por obligación debe ser quien alcance aquí, allá o cualquier lugar el poder.
El costo de aquella ambición sí que la
pagan los pobres o las clases menos acomodadas para contextualizar el asunto a
una Historia de Las Ideas donde aquellos que no tienen la oportunidad, el
tiempo o la disposición para estudiar constituyen las bases que se dejan
llevar, la cantera de donde se extraen las vidas cuando la cosa se pone un
tanto más peliaguda. Las ideas del cristianismo o del comunismo, se entiende, son
ideas contrapuestas; sin embargo ambas han sido manipuladas para otorgarles
poder, estabilidad y alimento para su ego a quienes encabezaron y encabezan a
millones de devotos que creen sin cuestionar demasiado.
Es espontaneo pensar que vivimos otros
tiempos sin embargo todavía el poder de la iglesia es una piedra en el zapato
de no pocos estados y el comunismo sigue siendo el combustible de aquellos que
anhelan un porvenir mejor sin haber alcanzado aún algún grado de poder pues
apenas lo alcanzan, vaya a saber ¿Por qué? se olvidan del pueblo. Da bastante en qué pensar que la
manipulación de éstas, que son apenas dos de las muchas ideas que debiesen unir
a la humanidad, sean la causante de tanto dolor y desolación en los anales de
la libertad de pensamiento.

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