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Hombre sin muerte

El tantas veces homenajeado, el tantas veces satanizado o elevado al sitial de santo revolucionario cumple de su desaparición terrenal cuarenta años. Cuatro décadas en que para bien o para mal, en algún lugar del mundo cada día se habla de él. Se le ha explotado como imagen hasta el cansancio, se le ha visto en los estadios y en los lucrativos templos del consumo. Es un producto más, un ejemplo del error que conlleva ser o intentar al menos ser consecuente en palabras y actos. Es por estos días, solo la imagen de un fracaso.

Eso es lo que quisieran, y puede ser que para la gran mayoría de los que profesan la fe del consumo, no sea más que eso. Pero para muchos todavía es un ejemplo. Creer en algo como muchos creen en sujetos con cruces en el pecho, es más que una utopía, un derecho. Muchos creen aún en su ejemplo y para ellos el tantas veces muerto, no ha partido sino que nace cada cierto tiempo.

Porque ha nadie que de su vida por lo que cree fácil se le olvida. Porque para aquellos que ha estudiarlo dedicaron tiempo, el hombre se les presenta como un gran estadista. Bastante más que el loco idealista que los afiches pretenden vendernos. El hombre va e ira por la América malherida mil veces. Brotará de las piedras del Perú y de las favelas del Brasil. Invencible siempre porque a los que sacrifican para limpiar los pecados de los mortales no saben morirse y para la desgracia de los fariseos nacerán una y muchas veces porque matándolos los hicieron inmortales.

De su vida se ha escrito tanto y en cine se le ha intentado encontrar explicación a los injustificados defectos. Han olvidado que el hombre no es santo ni tampoco un esbirro del infierno. El hombre es hombre sencillamente y como hombre odia al enemigo y como hombre se equivoca o acierta las decisiones.

Es el rostro de lo que algunos creen otros tiempos y en su tiempo habían explotadores y explotados como en todo tiempo y en su tiempo había cabrones capitalistas como en todo tiempo y el esclavo debía conformarse con las sobras como en estos tiempos. Nada ha cambiado, a penas le han vendido en asesinas cuotas el derecho del ritual colectivo frente a la pantalla y sus colores que borran la conciencia de los que alguna vez tuvieron al menos la intención de indignarse por las injusticias sociales.


Aquel es el hombre, el que no ha sabido cuando dejar de mirarnos con las ideas ardiendo. Nada ganaron con mostrar su cadáver a los cuatro vientos. Hombres con la moral de aquel hombre no saben permanecer muertos y aunque parezca que el suelo que el hombre pisó es ahora cemento neoliberal entre los rincones donde se pretende esconder la pobreza que nunca han derrotado, nacerán cien hombres que sabrán que alguna vez como este hombre hubo un hombre, retomaran las eternas batallas con libros y argumentos porque al deseo de justicia no lo mataran ni con todo el capital que amontonan en sus arcas.

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