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Los revoltosos (V)

 

Conocí la historia de un argentino que desde niño sufrió por el asma, que no es que fuera pobre pero tampoco es que fuera rico, que pudo ser médico y que en un viaje en moto por los lugares de Sudamérica que no son destinos turísticos, descubrió junto a un amigo que no podría ser doctor ni gozar de sus privilegios mientras no pudiesen vivir de manera mucho más humana los hombres, mujeres y niños que en aquel viaje habían conocido.

    Supe que terminó de comprender que los pobres en todas partes son más o menos iguales, que la salud y los alimentos escaseaban, que la falta de estudios era y es caldo de cultivo para males que de alguna manera se tenían que acabar.

    Fue viajando que llegó hasta México en donde conoció a otros que al igual que él, ya no podrían ser tantas cosas que pudieron haber sido. Aquellos otros anhelaban también poner fin a tanta injusticia en los países del continente. Entre ellos dos hermanos cubanos; el mayor, nació o se auto convenció que nació para ser líder y liderando todas aquellas ansias desembarcaron de vuelta en la isla de la que habían sido expulsados por los magnates que entonces pensaban que la isla les pertenecía.

    Desde la sierra iban y venían invencibles, inclaudicables hasta haber logrado el que era el primer paso de un camino que inevitablemente sería muy arduo y largo. Cuando hubo huido el títere que los magnates habían ungido dicen que, como presidente, huyeron todos sin alcanzar siquiera a recoger las riquezas que habían acumulado.

    En aquella gesta el argentino fue un compañero destacado. Negros, campesinos y mulatas no tardaron en situarle incluso por encima de los otros nombres. Las tres letras que le definían fueron uno de los pocos dialectos que podían entender intelectuales e iletrados por igual. A pesar de todo aquello, el argentino, no conforme con lo alcanzado, intento continuar con el camino que así mismo se había trazado. Disimuladamente abandonó la isla para intentar establecerse en las montañas de Bolivia. Pero esta vez la ignorancia y el miedo de aquellos a quienes pretendía liberar, las perfeccionadas estrategias de los que cuidan de que el poder esté siempre en manos de los mismos, convirtió ésta, su más fresca escaramuza en un fracaso que pretendía demostrar que aquello de querer cambiar al mundo con revoluciones es una pérdida de tiempo.

    Lo capturaron en un pueblo triste, como los hay tantos, llamado La Higuera; lo fusilaron creyendo que terminaban con lo que ellos consideraban patéticas ideas de justicia; pero las ideas del hombre que para entonces ya no era ni argentino ni cubano eran demasiado grandes como para que aquellos que ordenaron o aquellos que ejecutaron su muerte las comprendieran jamás. Por eso fue que matándolo le dieron más vida, hicieron de las tres letras que resumían su nombre fueran más universales que nunca, que las revoluciones cumplidos sus objetivos se diluyeran en una historia donde los nombres de los asesinos no siempre perduran y el tiempo ha querido, a pesar de las pataletas de aquellos de quienes muy pocos recuerdan sus nombres, que el nombre de este guerrillero que murió siendo poesía sea reconocido una, cien y hasta mil veces por quienes amanecen a los intentos que los seres realmente humanos, andan haciendo cada cierto tiempo, para otorgarle algo de dignidad a aquellos a las que a pesar de tanta historia y tanta sangre se les sigue negando todavía.




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