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La sensibilidad (III)

   Temprano, rumbo a las ferias con mi carretón acostumbraba encontrar pajaritos muertos. No tengo idea si los mataban, si se morían solos o qué; el hecho es que me detenía un momento apegando mi carretón a una orilla del camino para recogerlos y buscar un lugar donde darles sepultura. Nunca me gustó ver cadáveres de pájaros a medio devorar por los gatos, razón más que suficiente para querer enterrarlos y continuar mi camino.

    No fue la única vez que tuve que enterrar animales; alguna vez hube de darle sepultura en el patio de la casa de sus dueñas a un perro siberiano casi de mi porte que había muerto de viejo tras muchos años de darles compañía.

    Debo confesar que cada vez que oficié de sepulturero dirigí sentidas palabras a los difuntos. Nunca me pregunté por qué lo hacía, pero lo hacía cuando era niño y no tenía prejuicio alguno; los animales siempre me gustaron y me inspiraron gran respeto: puede ser que no hubiese superado entonces el haber asesinado alguna vez a un pollito.




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