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Segunda Conciencia

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    La infancia es la mejor estación de la vida; lo vine a comprender cuando ya era adulto. No importa cuánto nos cueste transitarla, nada se compara a la indecible libertad para soñar con que contamos en aquellos años. Cuando somos niños creemos que el mundo es apenas un pueblo muy ancho donde caben todas las personas, sus amores y sus desamores; poco sabemos entonces de las fronteras, ni de las humanas ni las del pensamiento.

    Aunque a veces llegamos a odiar la pobreza o las enfermedades con que muchos de nosotros crecimos, cómo brotan los recuerdos cuando añoramos la calle de la infancia, las jugarretas, los amigos. Cómo se nos llena de imágenes el telón de los recuerdos y entendemos que, a nuestra pieza (si es que la tuvimos o en ella estuvimos que estar muchas veces inmovilizados) muy pocas de las preocupaciones que de adultos nos agobian podían entrar.

    Cansados a ratos del civismo y los deberes que nos agobian siendo adultos, inevitablemente terminamos por comprender que la infancia, no importando cómo fuera, ha sido y será para todos nosotros un periodo difícil de comparar con los otros tiempos que transitamos en aquel camino tan lleno de altibajos que llamamos vida. 

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    Cuando yo era niño gozaba de una muy saludable locura. Ordenaba mi mundo interior en base a la irrealidad; a veces era un caza recompensas como los del espagueti westerns, a veces un mafioso, un superhéroe o un experto en las artes marciales; todo esto claro está, en mi mente. En el mundo real no era mucho más que un niño que empujaba un carretón recogiendo diarios y cartones o ayudando a las señoras que iban a las ferias a cargar sus bolsas por algunas monedas.

    Dibujaba la mayor parte del tiempo historietas, imaginaba que dirigía películas y de vez en cuando hasta las actuaba. Plegaba hojas de papel blanco en cuatro partes y diseñaba, tras recortar la hoja, carteleras de películas que únicamente eran exhibidas por las tardes para mí. Recortaba autos, explosiones, personas y todo cuanto pudiera encontrar en los diarios para la producción de aquellas magnificas películas que se proyectaban casi todas las tardes sobre el cubrecama o sobre el mantel de la mesa para preocupación de mi madre que, no poco alarmada me veía durante horas hablar con nadie moviendo papeles con los dedos. No recuerdo haber tenido alguna vez otros juguetes que no fueran estos recortes que guardaba en grandes sobres de papel diligentemente escritos y ordenados según su contenido.

    Publicaba una edición semanal de una revista dedicada a informar acerca de las películas que preparaban tres compañías cinematográficas archienemigas la una de las otras. Todo aquel mundo cabía en mi imaginación por entonces; yo era el autor de los guiones, dirigía las películas, escribía, dibujaba y pintaba todas las crónicas de una revista que únicamente yo leía.

    No necesitaba salir a jugar en aquel tiempo a la calle, todo aquel mundo estaba ahí al alcance de mis manos. Era un tiempo en que fui muy feliz. Sólo me apena no haber sido más precavido. Los dibujos, los sobres con recortes constantemente fueron a parar a la basura cuando mi mamá o mis hermanas ejecutaban aquel tifón que se conocía como el aseo profundo. Decían que era para que no me volviera loco, para que estudiara más y también para que fuera a trabajar porque esas sí que eran cosas importantes. ¿Valdrá la pena recordar esta parte de la historia? Me quedo con la alegría de aquellas tardes, con la locura aquella de seguir recortando diarios cuando me botaban, con las películas que imaginé y solamente yo podía ver.

                                                                           ***

    Mi segunda conciencia tuvo que ver, principalmente, con entender que la infancia está repleta de momentos especiales, hay que buscarlos en el recuerdo. Tengo la firme idea de que los niños y las niñas aprenden de cualquier modo a ser fuertes, que la ingenuidad nos salva del peso de lo que es real. Jugando a una o a otra cosa crecemos y nos mantenemos vivos y riendo; reímos como el mejor conjuro contra la mala infancia: el trabajo infantil, el hambre, el maltrato físico y sicológico...todo aquello debiese terminar por ser menor en el imaginario infantil. Pudimos haber estado en la peor de las condiciones sociales en aquellos primeros años de nuestras vidas, pero entonces, sé que algo hubo que tarde o temprano terminará por reconciliarnos con nuestra infancia.

    Recuerde, escudriñe en donde sea necesario y descubrirá con emoción que la infancia fue, es y será siempre la mejor de las estaciones que nos toca vivir.

    Ser niños es correr enfermos de energía, creer que podemos vivir en palacios, montar caballos de madera, mirar al lejano oriente sobre la rama de un árbol, abrazarnos a nuestras hermanas y hermanos, llorar con aquella valentía con que nos abrazábamos y llorábamos solo cuando éramos niños o niñas. Haber sido niños es haber sido felices; terminan por no importar la pobreza material y los sufrimientos, las semanas en cama o el cansancio por aquello de haber empezado tan temprano a trabajar para ganarse el pan.      Sé que no puedo estar tan equivocado; vamos, atrévase a ser valiente, a busca hasta en el más recóndito de los bolsillos que oculta en el recuerdo; sé que algo digno de recordar encontrará.

 


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