Ir al contenido principal

La improbable pareja

Cuando él y ella se miraron por primera vez...

nada sintieron el uno por la otra ni la otra por el uno.

Demasiado distintos: 

Él, padre de tres hijos de distintas madres

Ella la hija ejemplar; el orgullo de su madre y de su padre.

No se habrían notado nunca en el grupo de no mediar

entre ellos aquella absurda soledad que les empujaba 

a mirarse a pesar de no haber pensado nunca en verse.

Él toda belleza física, acostumbrado a los suspiros que

caían tras su paso.

Ella toda una vida de estudios, de esquemas mentales 

que de bien poco le habían alcanzado para ser feliz.

Ambos con vidas muy propias, vidas que no tenían vértice

alguno de encuentro.

Lo que para él era el deporte por ser seleccionado de cierta

disciplina de elite, para ella era el doctorado que la hiciese

notar entre aquellos que nunca la habían notado.

En los encuentros de los olvidados se reencontraron varias 

veces antes de sucumbir el uno en los brazos de la otra.

Renunciaron voluntariamente a sus respectivas soledades

a pesar de que él tenía hijos y ella un amor mucho menos

afectuoso y un perro que la extrañaba cuando no llegaba

al departamento.

Después de que se permitieron hacer eso que no se le aconseja

a los correctos, de haberse entregado a penas por un rato que,

según lo que siempre pensaron, era lo más seguro. Se encontraron

de vuelta en sus rutinas. Sin dejar de pensar que es lo que hubiese

resultado de seguir juntos.

No saben, pero lo presienten. Se miran, juguetean disimulados en 

el grupo de abandonados que les permitió ser el uno de la otra sin

señalamiento alguno. No del todo convencidos de continuar sus

grises vidas de espaldas la una del otro. No cuando la vida es tan

corta, no cuando las metas están tan cerca.





Comentarios

Entradas populares de este blog

Felicidad o tristeza

U na persona me ha contado más de un vez que le da un poco de pudor contar que es feliz. Compartir lo bien que le van las cosas porque dice que las personas que la rodean... parece que se enojan cuando uno está bien.   Me ha dado no poco que pensar esta forma de ver el asunto. Cuando viví los lejanos años de la tristeza, nunca me planteé el influir con mi estado anímico a los otros; parecido me pasa ahora que sé a ciencia cierta que mi paz no contagia a aquellos que quieren vivir en guerra. Entonces pienso, y así se lo he manifestado a esta persona que cree que su felicidad afecta a quienes le rodean, que poco importa lo que se quiera compartir cuando no existe por parte de las personas voluntad de recibir. He sido testigo de cómo la profunda depresión de una persona es incapaz de remover en el más mínimo aspecto la necedad de quienes se obligan a ser felices porque creen que es de buena educación no andar ventilando lo que uno siente. Es decir que socialmente nos hemos a...

Una historia democrática

  T enía muy claro que la persona por la que votaba muy rara vez ganaba. Entendía demasiado bien que la democracia nunca fue el poder de ningún pueblo y que era más bien el gobierno de los consensos. Aún así fue a votar como siempre. Se levantó temprano, se bañó con agua caliente porque hacía frío y no parecía que fuera día como para descuidarse. Tomó desayuno viendo cómo una vez más los medios de comunicación presentaban una cobertura intencionada de la jornada. No se puede esperar ganar en un país como este; pero igual soñaba. Soñaba como llevándose la contra, intentando aferrarse a aquella última esperanza que sabía que se perdió. Contaba con la tranquilidad de la jornada; no por nada se hablaba tanto de lo desordenado que estaba el país. No por nada la culpa era siempre de los que pensaban distinto. Por eso era, quizás, que hace años que ya no pensaba, únicamente sentía lo que su corazón le decía. Ridículamente, porque sabía muy bien que el corazón no hablaba; que era la conven...

La vida es una loca de remate

    J usto en la parte de atrás de las casas de la villa a la que habíamos llegado a vivir había un enorme peladero que, antes de ser adecuado para que los hombres de la villa pudiesen jugar fútbol, servía para que cada cierto tiempo se instalaran las carpas de los gitanos y uno que otro circo pobre.     De un circo que se instaló cierta vez trata esto que recuerdo; de su pobre espectáculo, de la gente que conocí allí y del miserable destino de los animales que eran parte del entretenimiento.     A pesar de que las entradas no eran caras, algunos de los niños y niñas no contábamos con las monedas para poder financiarla por lo que nos ofrecimos para ayudar o para llevarles agua desde nuestras casas con la finalidad de conseguir entradas de cortesía que era como le llamaba rimbombantemente el dueño del circo a dejarnos entrar por un acceso reservado a los integrantes del circo (no se imagine para nada una entrada bonita; había que levantar una c...