Ir al contenido principal

Décima conciencia


 Mucha gente dice anhelar la libertad, mucha dice que los derechos se deben defender, que el amor incondicional, la valentía son actos que enaltecen la condición humana. Sin embargo, quien cree realmente esto que redacto, quien se atreve a intentar poner en práctica una sola de estas certezas, llevar estas ideas a actos resueltos, incluso hasta las últimas consecuencias, corre el serio riesgo de ser mirado con cierta incredulidad.

    No es descabellado pensar que tenemos naturales impulsos hacia los actos negativos. Atreverse a reconocer que no pocas veces nuestro discurso público dista mucho de las certezas que nos abordan en privado. Nos estremecen las canciones, las películas que le hablan a nuestras ocultas valentías. Eleva nuestro ánimo el inspirado discurso y es tan largo el trecho que a veces tenemos que atravesar para que aquello que nos parece correcto pueda prevalecer, para que nos decidamos a quedarnos solos por defender lo indefendible. 

**

    Conozco a mucha gente que es consistente en palabras y actos. Lamentablemente también conozco a demasiada gente que dice defender valores que no comprenden del todo, gente que exige a otros aquello que no siempre están dispuestos a otorgar.

    Ser consecuentes con aquellos valores que decimos profesar no es algo que resulte particularmente fácil de realizar. Las pruebas no son pocas, así como no son pocas las burlas y las intimidaciones. Es mucha soledad a la que está destinado o destinada aquel que no traicione el pensar que justifica sus actos. Es más fácil, más cuerdo y más lógico sumarse a los otros, velar por las mutuas conveniencias e ignorar aquello que persistentemente insiste en contrariarnos.

    Sentir que la emoción nos redime en actos y palabras, que no todo está perdido si podemos llorar todavía _ como dice la canción Aquellas pequeñas cosas de Joan Manuel Serrat _ cuando nadie nos ve.


***

    Muchos son todavía los que pueden llorar ante lo injusto, ante el inexplicable proceder de nuestra propia civilización. Pensamos, creemos de verdad en el nunca más y sin embargo la historia que con sangre escribimos la volvemos a escribir con sangre una y otra vez. Nos contradecimos, nos horrorizamos al constatar de aquello de lo que hemos sido capaces. Por eso buscamos la paz, el entendimiento cada cierto tiempo, pero nuestra memoria es tanto frágil como caprichosa. Acostumbramos a repudiar aquello que les hacemos a los otros cuando otro es quien lo hace.

   El porvenir es auspicioso de ser posible. Debemos al menos intentar perseverar en aquellos desinteresados pensamientos que tras la emoción nos abordan. Tratar a los otros con respeto y veracidad. No tener quienes celebren nuestras tropelías no puede ser tan malo si es calma lo único que sentimos.


 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Felicidad o tristeza

U na persona me ha contado más de un vez que le da un poco de pudor contar que es feliz. Compartir lo bien que le van las cosas porque dice que las personas que la rodean... parece que se enojan cuando uno está bien.   Me ha dado no poco que pensar esta forma de ver el asunto. Cuando viví los lejanos años de la tristeza, nunca me planteé el influir con mi estado anímico a los otros; parecido me pasa ahora que sé a ciencia cierta que mi paz no contagia a aquellos que quieren vivir en guerra. Entonces pienso, y así se lo he manifestado a esta persona que cree que su felicidad afecta a quienes le rodean, que poco importa lo que se quiera compartir cuando no existe por parte de las personas voluntad de recibir. He sido testigo de cómo la profunda depresión de una persona es incapaz de remover en el más mínimo aspecto la necedad de quienes se obligan a ser felices porque creen que es de buena educación no andar ventilando lo que uno siente. Es decir que socialmente nos hemos a...

Una historia democrática

  T enía muy claro que la persona por la que votaba muy rara vez ganaba. Entendía demasiado bien que la democracia nunca fue el poder de ningún pueblo y que era más bien el gobierno de los consensos. Aún así fue a votar como siempre. Se levantó temprano, se bañó con agua caliente porque hacía frío y no parecía que fuera día como para descuidarse. Tomó desayuno viendo cómo una vez más los medios de comunicación presentaban una cobertura intencionada de la jornada. No se puede esperar ganar en un país como este; pero igual soñaba. Soñaba como llevándose la contra, intentando aferrarse a aquella última esperanza que sabía que se perdió. Contaba con la tranquilidad de la jornada; no por nada se hablaba tanto de lo desordenado que estaba el país. No por nada la culpa era siempre de los que pensaban distinto. Por eso era, quizás, que hace años que ya no pensaba, únicamente sentía lo que su corazón le decía. Ridículamente, porque sabía muy bien que el corazón no hablaba; que era la conven...

La vida es una loca de remate

    J usto en la parte de atrás de las casas de la villa a la que habíamos llegado a vivir había un enorme peladero que, antes de ser adecuado para que los hombres de la villa pudiesen jugar fútbol, servía para que cada cierto tiempo se instalaran las carpas de los gitanos y uno que otro circo pobre.     De un circo que se instaló cierta vez trata esto que recuerdo; de su pobre espectáculo, de la gente que conocí allí y del miserable destino de los animales que eran parte del entretenimiento.     A pesar de que las entradas no eran caras, algunos de los niños y niñas no contábamos con las monedas para poder financiarla por lo que nos ofrecimos para ayudar o para llevarles agua desde nuestras casas con la finalidad de conseguir entradas de cortesía que era como le llamaba rimbombantemente el dueño del circo a dejarnos entrar por un acceso reservado a los integrantes del circo (no se imagine para nada una entrada bonita; había que levantar una c...