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La sensibilidad (V)

Nunca resultó del todo fácil estar destinado a trabajar como obrero, haber sabido de aquellos que en las calles permanecían sin ser realmente escuchados, crecer entre quienes en el arte poco, sino ningún, interés habían tenido y pretender escribir poesía. Andar con las emociones expuestas a plena luz del día, guardar silencio ante quienes hubiese querido dar rienda suelta a mis dudas, a los miedos que puede llegar a sentir un niño o un adolescente que no son los miedos comunes.

    Nunca le tuve miedo a la oscuridad, ni al viejo del saco…de hecho muy temprano supe que eran muchos los viejos del saco y las viejas con bolsas que ningún interés mostraban en tener que hacerse cargo, además de ellos, de algún cabro chico encontrado en sus caminos.

    Compartí con ellos y ellas el amor a los perros que suelen ser muy calentitos si uno los abraza como si fuesen frazadas de cuatro patas dispuestas a dejarse ceñir para juntos dormir, uno que otro sorbo a la botella de pisco que era y es una de las estufas más antiguas de quienes no tienen casa ni mucho menos estufas para encenderlas cuando las noches de invierno son mucho más frías de lo que debieran ser. Compartí con ellos pan, chocolate en barra (porque no existe, según nosotros, otra manera mejor de comer o beberse el chocolate). Conversábamos, les leía poemas, ellos y ellas me contaban sus historias que yo adoraba aun sabiendo que muchas de ellas eran historias inventadas o imaginadas.

    Me resultaba complejo sentirme más cómodo entre quienes llevaban piñén como yo que entre los que llevaban mi sangre; no saber sobre qué hablar en la casa, inventar historias que explicaran el porqué de mis lágrimas tan a flor de piel, aguantar las burlas y la desconfianza de quienes viviendo conmigo era tan poco lo que me conocían.

    Pero todo aquello fue y ya nunca más será pues en alguna tarde, o puede ser que en algún amanecer, comprendí que no tengo por qué esperar que los otros entiendan esta incomoda sensibilidad que va conmigo desde la mañana a la noche, en meses de calor y en meses de frio que no pueden todavía enfriar mi interés por lo que sienten, por lo que callan aquellos que creen que están solos como alguna vez yo creí que estaba.

    Por cierto, de aquellos días y noches de pasármela entre olvidados en la calle me quedó una secuela que lo mismo que graciosa es muy útil. A mí me resulta imposible sentir los malos olores; un doctor que me revisó cierta vez confirmó que mi sistema respiratorio no tiene ningún problema, que yo no huelo los malos olores porque no quiero. Creo saber muy bien cuando fue que adopte tan extraña costumbre.



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