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El legado democrático

 Quienes aprendieron las lecciones de la Historia (y la aprendieron demasiado bien) fueron los señores políticos. Parias en los primeros años de la dictadura e inesperados aliados al término de la misma. Políticos también hubo cuando los economistas vieron, con absoluta claridad, qué es lo que se tenía que hacer para transformar los conceptos. Incluso algunos políticos fueron tan importantes durante la dictadura que sus rostros y sus obras estarán eternamente ligados a la imagen del dictador. Pero irónicamente, quienes fueron de mayor utilidad para Augusto Pinochet Ugarte, fueron los políticos que en dictadura fueron proscritos. Esos mismos que cercanos o tibiamente lejanos del gobierno de Salvador Allende, a partir del plebiscito del cinco de octubre de mil novecientos ochenta y ocho pasaron a ser los depositarios de un poder tutelado por el comandante en jefe benemérito reconvenido a partir de entonces en senador vitalicio. Fue la consigna del primer presidente democrático, después de diecisiete años, que se haría justicia en la medida de lo posible, toda una declaración de principios que definió no sólo a Patricio Aylwin Azocar, sino que también a los gobernantes que le siguieron treinta años después.

La figura contradictoria de Aylwin que apoyó el golpe de estado y que respetó la figura de Augusto Pinochet hasta el final de sus días; que tuvo la enorme responsabilidad de liderar una transición en donde predominaba el miedo a los militares (no así a los empresarios); con toda seguridad será cada vez más valorada por la historia de la democracia en Chile. Los continuadores de su legado democrático, prosiguieron con gobiernos cautos; profundamente respetuosos de quienes ostentan el verdadero poder en el país (antes los militares, ahora los empresarios), lo que ha garantizado gobiernos serios, alejados de ideas populistas (salvo algunas escasas excepciones).

Tal es el legado y el modelo que ha funcionado hasta el día de hoy. Hay quienes creyeron que los jóvenes que hace no mucho marchaban por las calles, que, como jóvenes que eran, profirieron frases incendiarias e incluso cometieron uno que otro acto con muy escaso alcance en lo que respecta a lo que se entiende por incitación al odio, no tendrían este legado presente al alcanzar el poder que tan duramente criticaron. Otra cosa es con guitarra dice el refrán popular y esos jóvenes ayer rapados y radicales están obligados a gobernar aprendiendo de aquellos que les precedieron. No les queda otra si quieren terminar de gobernar en un país que es y siempre ha sido (salvo la excepción que todos sabemos) respetuoso de su legado democrático.

Eso sí, se debe tener cuidado con la natural ambición que despierta en no pocos el acceso a situaciones de poder. Ha sido y será responsabilidad de aquellos que votan mantener las arcas del Estado lejos de las manos inescrupulosas. La democracia no goza de muy buena salud y hay no pocos que añoran modelos inhumanos de gobierno. El legado democrático debe ser rescatado de las manos ansiosas de robar. Hay algunos que robaran por primera vez y otros que se han vuelto expertos (después de tantos años gobernando) en robar. Defendamos, por ahora, el derecho a elegir a quienes queremos que nos roben. No suena para nada bonito, pero así somos los seres humanos. La mentira, el engaño y la ignorancia forman parte de este legado que hemos elegido defender basados en el estudio de nuestro pasado. Tenemos la esperanza de no cometer los mismos errores en este presente que nos tocó vivir y que importa mucho más que el futuro que se nos ofrece.

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